El día de la boda #WritingPrompts

miércoles, 16 de agosto de 2017


Describe una boda desde tres puntos de vista diferentes

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Una mañana llena de nervios. Mi madre llorando. Mi tía riendo mientras la copa de su mano se vaciaba con rapidez. Mi padre escondido en el baño y mi hermano correteando por la sala como el pesado que solía ser (costaba creer que ya tenía la edad física de un hombre hecho y derecho).

Jamás pensé que el día de mi boda iba a ser tan ajetreado desde el minuto cero. Yo no podía ver a mi pre-marido y necesitaba urgentemente comentarle todas las dudas que me acechaban la cabeza.

Mientras mi madre me repetía lo bonito que era mi peinado, marqué su número, era uno de los pocos que me acordaba de memoria. No me hacía falta mirarlo en ninguna agenda para poder llamarle.

¿Nerviosa? su voz me relajó más de lo que nunca llegaría a admitir.

A punto de vomitar le respondí mientras mi familia seguía gritando en el fondo.

Menuda fiesta tienes montada ahí

Te echo de menos solo necesitaba que lo supiera. No quería que él estuviera consciente de nada más, ni de mis dudas ni de mis miedos.

Todo irá bien, te lo prometo.

Cómo no, él me conocía demasiado. Sabía lo que me hacía falta en cualquier momento. Le adoraba por ser capaz de leerme la mente sin siquiera proponérselo. Por eso estaba a punto de casarme con él. Todas esas dudas que parecían invadir mi mente, fueron desapareciendo poco a poco. Aunque los nervios fueron en aumento.

Cuando me vi con el vestido puesto, no pude evitar llorar. No sabía por qué estaba tan emotiva aquel día. Que toda mi familia me mirase con una extraña cara en el rostro no ayudaba para nada.

Poco a poco, fueron dejándome sola en la sala, me dejaron con mis pensamientos y mis preocupaciones. Mi hermano se quedó unos segundos en la puerta, mirándome. Suspiró y se acercó para cogerme de los hombros y mirarme a través del espejo. Hacíamos una muy buena pareja de hermanos. Él era uno de los hombres más importantes de mi vida.

Estás guapísima, pequeñaja sí, era mi hermano mayor. Nadie sabe la suerte, la alegría que es de tenerte como hermana, como amiga…

Le sonreí mientras él me apartaba un mechón rebelde del rostro. Era un pesado, me hacía chinchar como cuando teníamos cinco años pero era mi hermano. Le quería y no solo porque la sangre nos obligaba a sentirnos así el uno por el otro.

Se fue. Me dejó sola de nuevo y yo suspiré. Cogí el ramo de flores, me miré una última vez y salí de la habitación. Mi padre me esperaba y me extendió su brazo. Estábamos a tan solo unos minutos del gran desenlace. A unos minutos del final feliz. La música empezó a sonar en el interior de la capilla y las puertas por  fin se abrieron.


La novia apareció. No hacía más que pensar en el pecado que cometía día tras día. Los novios venían a mí, ilusionados, enamorados. Creían que la Iglesia era una tradición que se debía cumplir con los ojos cerrados. Estaban muy equivocados. Casarse por la Iglesia significaba casarse por amor a Dios, por ser reconocidos ante ÉL.

Y yo, como un tonto ciego, permitía que los ateos se convirtieran en creyentes por unos largos minutos. Era una pareja adorable, era una pareja buena. En sus corazones no había maldad, solo existía las ganas de amar, de comerse el mundo junto. ¿Qué pintaba yo en todo aquello si en sus vidas no existía la fe?

Los novios me miraron y yo les sonreí, transmitiéndoles la seguridad de la que carecían. Aquel día iba a hacer algo impropio de mí. Habían visto una gran cantidad de películas comerciales e iba a darle lo que de verdad querían. Solo para que Dios viera que la farsa que montaba todos los días no era en su nombre. Ellos no buscaban la paz en sus brazos, ellos solo querían una decoración elegante y una fiesta inolvidable. Eso era lo que tendrían.

Di comienzo a la pequeña farsa misa.



Mi corazón palpitaba con violencia. Apreté mis manos y agaché la vista, como si realmente estuviera escuchando al párroco. Era increíble que aquello estuviera sucediendo. No me lo creía. ¿Por qué era tan egoísta? ¿Por qué siempre estaba dispuesto a arruinarlo todo?

Desde mi más tierna infancia se veía que no era buena persona. Me odiaba a mí mismo. Era incapaz de fingir felicidad, era incapaz de aceptar aquel matrimonio. Pero ya no había marcha atrás, ya era demasiado tarde para mí.

Por primera vez en años, debía comerme mi propia cosecha. Debía admitir que estaba amarga y que la odiaba. No sabría alimentarme de lo que yo mismo había creado: desprecio, odio, celos.

Ella siempre fue mejor. Ella era el ojito derecho, la dulce chica que lo hacía todo perfecto. Y yo la aceptaba tal y como era. Pero también era cierto que había robado todo mi protagonismo. Se había convertido en el personaje principal de mi propia vida. Ahora yo solo era un simple secundario. Yo sacaba notable, ella llegaba a casa con matrícula. Yo tenía un trabajo en una tienda, ella había obtenido el trabajo de sus sueños. Maldije el día en el que trajo a ese hombre a la cena familiar.

Lo tenía todo. Absolutamente todo. ¿Y yo? ¿Qué tenía? Un pequeño apartamento, un trabajo asqueroso y una soltería que duraba desde años atrás. Pero si estaba solo no era por puro gusto. No. Había más en mi interior que no quería admitir. Además de ser mala persona era otras cosas que aún no estaba dispuesto a decir en voz alta.

El día que conocí al novio de mi hermana. Mi vida cambió por completo. La tensión que se acumulaba cuando él estaba cerca, la nauseabunda actuación de que todo iba bien en su perfecta relación, me ponían enfermo. Todo era oscuridad desde entonces. Mi familia había hecho mi vida miserable. Ya no podía más.

Dejé que las lágrimas recorrieran mis mejillas sin descanso. Mi padre trató de apoyarme pero yo rechacé el abrazo bruscamente. No necesitaba consuelo. Ya no. Estaba harto de todo y de todos.

…que hable ahora o calle para siempre.

El párroco guardó silencio y yo le miré.  Nunca había oído esas palabras en una boda. Siempre había creído que era un mito de las películas para hacer más interesante ese momento. Era una señal. Era mi oportunidad. Me levanté y alcé mi voz.

─ Yo, yo me opongo.

Todos, incluidos mis padres, se sorprendieron de mi gesto. Me acomodé la chaqueta y di un paso hacia delante. Acercándome a la hermosa pareja. Le dediqué una mirada a mi hermana que esperaba que entendiera.  Lo sentía de veras pero hoy pensaba quitarle el protagonismo del día más importante de su vida. Solo para que me recordara con odio, para que no volviera a llamarme. Aunque la quería, debía hacer aquello por mí.

Porque no solo la quería a ella.


También estaba enamorado de él.
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Ahora te toca a ti. ¿Aceptas el reto?