Amélie

domingo, 1 de septiembre de 2013

Acaba de darse cuenta… Ella, esa muchacha que estaba sentada viendo pasar el paisaje tan rápidamente en el tren, se había dado cuenta de que ella era como Amélie, la protagonista de esa película francesa  que echaron el día anterior en la tele.

Ella siempre ayudaba a los demás en cualquier cosa, siempre trataba de que todos fuesen felices… pero ¿qué había de ella? Deseaba cosas pero no sabía el qué exactamente. Necesitaba amor… ese amor que no tuvo de pequeña, el amor que no le proporcionó ninguno de sus  padres.

¿Qué pasará cuando encuentre a esa persona idónea? Pero, lo más importante de todo era ¿llegaría esa persona?

Todos pensaban que ella estaba loca, que le faltaba un tornillo o algo así. Siempre le cuestionaban sus acciones y aquello ya la estaba cansando un poco.  Aquel día iba a ver a un anciano en la residencia de su ciudad, el pobre estaba solo en esta vida y ella había decidido darle compañía, además era un hombre muy amable que siempre le ayudaba con sus  consejos y sus ideas.

‹Creo que la señora Gómez lleva demasiado tiempo encerrada en su casa. Quizás necesite a alguien… alguien como el dueño de la cafetería de abajo››

¡Qué contenta estaba ahora la señora Gómez! La sonrisa que le lanzó cuando pasaba por la cafetería era una gran satisfacción para la pequeña “Amélie”. Se sentía como un ángel guardián que lucha por la felicidad de los demás.

Por desgracia, ella no tenía ningún ángel guardián que la hiciese feliz, que le guiase por el camino correcto avanzando lentamente hacia su final de cuento, hacia la persona de sus sueños.

Posó su vista en el interior del vagón. Todas las personas estaban a lo suyo y parecían tristes, incluso el color de su cara se había convertido en un gris extraño. Se miró sus manos, no tenían  el mismo color que el del resto de las personas allí presente, su color de piel era un color vivo.

El tren se paró y algunas personas bajaron de él y otras subieron. Ella los miró todos iguales, todos del mismo color grisáceo menos… él.

Un muchacho extraño que no superaba los veintiséis, igual que ella. Llevaba una bolsa de esas que las pueden reutilizar, el joven miró el vagón y al no encontrar ningún asiento libre se agarró a un barrote cerca de ella.

Lo miró muerta de curiosidad y con el corazón a mil por horas. El joven pareció darse cuenta de su presencia y le sonrió.

En aquel momento el tiempo se paró, el tren se detuvo, las agujas del reloj se quedaron en las  doce y cuarto y ellos dos se miraron durante un tiempo.

Pero entonces él apartó la vista y el tren volvió a andar y las agujas volvieron a hacer su conocido sonido.
¿Lo habría notado?  ¿Él había notado y oído el sonido de su corazón latir tan rápido?

-¿Por qué no se sienta aquí?- ella se llevó las manos a la boca, ella no había ordenado que aquellas palabras salieran de su boca pero lo hicieron. Él la miró con una curiosidad divertida- Está ahí de pie… cuando tiene un asiento al lado de una extraña.

Él se acercó a ella y se sentó mientras le mostraba una sonrisa radiante.

-Para mí no es una extraña. Ya la conozco, pequeña  Amelie. 

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