A mi manera ~ La bailarina y mi ventana (Parte 4)

domingo, 30 de noviembre de 2014

Ella me miraba. Era consciente de ello. Me miraba y no podía apartar sus ojos de ahí, de ese enorme hueco que tenía como pierna. Estaba avergonzado. Desde la guerra todas las mujeres me habían escudriñado de aquella manera pero esta vez había algo diferente en su mirada.

-¿Estuviste con mi tío en la guerra?- asentí lentamente.- ¿Le viste…m-morir?

-Amira- dije acercándome a ella, acariciando sus suaves hombros- No hablemos de eso ahora.

-¿Cómo te hiciste eso?- preguntó, ignorando mi petición y señalando lo que en un pasado había sido mi pierna izquierda.

-La guerra. Me la cortaron… Las enfermeras hicieron un buen trabajo- me limité a contestar aquellas pequeñas frases.

Ella sonrió tristemente. Siempre había odiado esa mirada pero la suya me derretía por dentro. Un ángel sentía pena por mí, se lamentaba de lo que me había pasado y de que me hubiesen enviado a una guerra de la que no debería haber sido partícipe.    

Mi visa bajó desde sus ojos hasta sus labios. Parecían tan jugosos, tan suaves, tan apetecibles… Deseaba rozarlos con mis propios labios, quería absorber su aroma, quería dejarla, y quedarme, sin aliento. Pareció que ella leyó mis pensamientos ya que se puso de puntillas, como solo una bailarina sabe hacerlo, y tocó mis labios unos segundos. Se iba a separar pero yo se lo impedí, no podía dejarme probar la miel y quitármela sin saborearla de verdad. Rodeé su fina cintura con mis brazos y la pegué todo lo posible a mí. Mi cuerpo tembló al saberla bajo mi control. Tener a una mujer tan cerca jamás me había excitado tanto.

Ella no lo pensó dos veces y se deshizo de mi camiseta, la cual se perdió en alguna parte de la oscura sala. Sin miedo alguno, tocó todas y cada una de mis cicatrices de guerras. La dejé hacer, nunca se habían interesado de esa manera, siempre se habían alejado al ver mi no-pierna pero ella, como era de esperar, era diferente.

Siguió con las caricias y yo la imité, retirando con cuidado su maya y dejándola en ropa interior. Me sentí de nuevo avergonzado. Su cuerpo era perfecto, una escultura acabada y preciosa mientras que el mío tenía más de una imperfección. Todo en mí era desagradable pero ella parecía no verlo, me observaba como si fuese una auténtica obra de arte.

Me tumbó con mucho cuidado sobre el frío suelo. Lo cierto era que sin mi bastón no hubiese aguantado mucho más de pie. Se sentí encima de mí y volvió a besarme como solo ella lo sabía hacer. Me retiró el pantalón y se quedó contemplando mi pierna izquierda, incluso se atrevió a tocarla sin ningún temor. Suspiré  y cerré los ojos, si ella no era el amor de mi vida, no quería vivir en este mundo…

Nos olvidamos de todo y de todos. Nos entregamos a nosotros, a nuestros sentimientos que aun no habían sido dichos en voz alta. La sala de baile se impregnó de nuestro absurdo y maravilloso amor, el silencio solo era roto por nuestros suspiros y la noche nos acompañaba ofreciéndonos, en ocasiones, su mejor melodía.

Volví mi vista hacia ella y me sonrió. Sin duda, era la mejor noche de mi larga y dolorosa vida. Estaba en paz con el mundo y, por una vez, el mundo estaba en paz conmigo.

-Era amigo de tu tío, ¿sabes?- le susurré, sabía que no era el momento idóneo pero necesitaba saberlo- Me había hablado tanto de ti que me parecías demasiado perfecta para ser real. Éramos veinticinco en aquel ejército nuevo que mandaron para nada y todos hablamos de lo que dejábamos atrás…

Ahora todo encajaba en mi mente. Había estado planeado desde un principio . Si no hubiese ido a la guerra, si no hubiese conocido a su tía… hubiera tenido mi pierna y un montón de mujeres que no me satisficieran pero no la tendría a ella y aquello era mil veces mejor que recuperar la parte de mi cuerpo que me faltaba.

-Veintitrés soldados volvieron sanos y salvos a casa. Uno jamás volvió y el otro… volvió solo a medias.

-Eres perfecto tal y como eres. Acéptalo ya- susurró recostándose sobre mi pecho.

A mi manera ~ La bailarina y mi ventana (Parte 3)

sábado, 29 de noviembre de 2014

Llegaba puntual, como siempre, aun así subió las escaleras a paso ligero. Tenía que verle, la clase le daba igual. En un principio, lo que la animaba a ir a ballet era esa sensación de alegría, el dolor se iba y se sentía una joven feliz por unos segundos. Pero ahora lo que la impulsaba a bailar era que él estuviese allí, mirándola. Bailaba para él, desnudaba su corazón y se lo entregaba durante el tiempo que bailaba. Desde el primer momento que le vio en la ventana, contemplando el mundo que él tenía bajo sus pies, supo que sería alguien importante en su vida.


Cuando pisó la clase, su sonrisa desapareció de su rostro. Él no estaba allí, solo había un papel pegado a la ventana. “Cierra los ojos y baila, porque bailar lo arregla todo (incluso mi ausencia)” Sonrió al leerlo, al parecer hoy no podría estar con ella pero bailaría como si la  observara y esperaba poder llegar hasta donde él estuviera  y hacerle sentir lo que ella sentía.


La clase terminó, se le hizo sumamente eterna. Volvió a mirar la ventana, seguía sin aparecer… Suspiró y bajó las escaleras hasta llegar a la parada de autobús. Solo quedaban unos minutos para que el transporte llegase cuando un coche negro paró frente a ella. La ventanilla del conductor se bajó y ella pudo reconocer a uno de los trabajadores de su padre. Era extraño que la fuesen a recoger. “Él te espera” con él se refería a su padre y con espera se refería a que era mejor que se diese prisa o la castigaría de una forma horrible.

Se montó en el coche y cruzó sus brazos. No deseaba verle. Odiaba a ese hombre que le hacía llamar “padre”. Tras varios minutos, el coche se paró. Estaba justo en el edificio donde pasaba su padre las horas, porque ella sabía perfectamente que poco hacía en su trabajo…

Entró y preguntó por él. “En el sótano tres. Te espera.” Puso los ojos en blanco y se dirigió hacia el ascensor. Pulsó el botón hasta que las puertas se abrieron. La música que sonaba de fondo en aquel pequeño habitáculo, que bajaba produciéndole un leve mareo, estaba totalmente pasada de moda, una melodía que había sido olvidada años atrás.

-Por fin, Amira. Corre, ven. Tengo algo que enseñarte.- la joven siguió a su padre sin pronunciar ni una palabra y sin cambiar su expresión que mataría a cualquiera si pudiese- ¿Te acuerdas de aquellos veinticinco soldados que envié a la guerra?

¿Cómo no acordarse? Uno de ellos era su tío, el ser que ella más adoraba en ese planeta y al que le hubiese gustado llamar papá. Ahora, por culpa de ese canalla, estaba muerto, enterrado bajo tierra y sin posibilidad alguna de volver a hablar con ella.

-Encontré al responsable de su muerte. Mira- se detuvo ante una puerta de metal que tenía una pequeña ranura para poder observar el interior- Ahí está. Pagará por lo que hizo, mi niña.

Amira casi vomita al oír aquellas palabras. El único culpable era él… Él había mandado a esos soldados a la guerra cuando no eran necesarios, veinticinco soldados que habían sufrido para nada… Se asomó para ver al pobre que había sido torturado por su padre. Sus ojos se abrieron al ver de quién se trataba, en su garganta apareció un grito que fue lanzado casi de inmediato, sus ojos se empañaron de lágrimas. Era… era ¡Adolphe!

Comenzó a gritarle que le soltase. Preguntó una y otra vez qué le había hecho. Aporreó la puerta, gritó su nombre y amenazó a su padre. Él no hizo caso, solo repetía que se lo merecía y que si ella no se callaba acabaría junto a él. Amira no se rindió y, con todas sus fuerzas, forcejeó con su padre para conseguir la llave que liberaría a Adolphe de su cárcel.

-¿Tanto te importa ese tipo, ese capullo que mató a tu tío?

-El único que mató a mi tío fuiste tú. ¡Libérale de inmediato!

-Estás contra mí. Mi hija en mi contra…-por fin pareció comprenderlo. Permaneció unos segundos en silencio, como si pensase en algún plan malévolo- Bien, te doy dos minutos para sacarlo de aquí. Después daré la alarma y os buscarán.

El hombre le ofreció la llave y ella la cogió al vuelo, sin perder tiempo alguno. Abrió la puerta y se acercó hacia él. Le dedicó palabras de dulzura, de tranquilidad. Pasó la mano de él por sus hombros y lo carreó mientras él cojeaba hacia el ascensor.

-Por favor, ve más rápido.

-No puedo correr más, bailarina.

Ella tiró de él mientras se aproximaban a la salida. Entonces, oyó cómo le comunicaban a uno de los guardas la voz de alarma. Maldijo para sí y divisó uno de los coches que había en la salida. Era una auténtica locura pero serviría. Adolphe parecía haber entendido su idea ya que se acercó hasta el coche y sacó al hombre que había dentro de un solo empujón. Amira se adelantó a su siguiente movimiento y se sentó en el asiento del piloto.

-Deja que yo conduzca. Tu no… no puedes.

-¡Joder, Amira!- gritó mientras daba la vuelta al coche y cerraba la puerta justo en el momento en el que una mano intentaba apresarle- ¿Tienes carnet?

-Acabo de cumplir los dieciocho ¡claro que no lo tengo!- dijo arrancando el coche y alejándose de aquel lugar que tanta angustias le había traído.

A pesar de lo asustado que iba por la manera de conducir de la joven, solo podía pensar en los años que los separaban. Dieciocho… si las cuentas no le salían mal solo eran doce años. Aquello lo tranquilizó un poco, había llegado a pensar que ella tenía quince,

Aparcaron casi enfrente de la academia de baile y subieron las escaleras hasta la clase en la que ella ensayaba. Allí se quedaron, recuperando el aliento y ordenándole a sus corazones que rebajasen el ritmo de sus latidos.

A mi manera ~ La bailarina y mi ventana (Parte 2)

viernes, 28 de noviembre de 2014

Desperté cubierto en sudor. De nuevo las pesadillas invadían mi apacible sueño. Lo ocurrido en esos horribles meses me atormentaba una y otra vez hasta hacer de mi existencia algo insufrible.  Pero parecía que una pequeña cosa había cambiado, antes de despertarme donde solía acabar la maldita pesadilla, la había visto bailando en ese escenario oscuro en los que siempre nos sumergíamos cuando nuestras miradas se chocaban, al menos eso era lo que me ocurría.

Ya hacía por lo menos una semana que la observaba. Venía a las cinco, en la línea 3. Subía corriendo los escalones de la academia y aparecía en su clase con las mejillas sonrojadas por la carrera. Soltaba su mochila, me miraba, sonreía y comenzaban los calentamientos. Después, cuando la hora pasaba (¡y qué rápido acababa!), ella pedía permiso a la profesora y se quedaba un rato más y bailaba para mí. Solo para
mí. Era consciente de que yo la observaba embobado pero era demasiado inteligente y se hacía la tonta, como si no supiese de mi existencia.  Cuando daban las seis y media, recogía sus cosas, echaba una última ojeada hacia mi despacho y se marchaba a la parada del autobús, esperando que apareciese pronto.

Pero aquel día, justo cuando mis pesadillas cambiaban, algo en nuestra rutina diaria también cambió. Después de la clase, ella esperó a que todos se marchasen y, cuando estuvo completamente sola, se sentó frente al gran ventanal. Mi respiración empezó a ser irregular y mi corazón palpitaba a toda velocidad.

Sacó de su mochila una libreta, escribió algo y la pegó a la ventana. Pude leer perfectamente lo que en ella ponía “¿Disfrutas del ballet?”. Una sonrisa surcó mi rostro, ¿qué si disfrutaba…? Era mejor escribírselo, me acerqué hasta mi escritorio y busqué papeles, cualquiera me serviría.

Solo si eres tú la que baila” lo pegué contra el cristal y pude ver como su rostro se iluminaba por una milésima de segundo.

Me llamo Amira, ¿y tú?” pestañeé un par de veces y volví a leer la página hasta que reaccioné.  ¡Qué nombre! Digno de una princesa…

Mi nombre es Adolphe” cogí otro trozo de papel y volví a escribir en él “¿Por qué tanto dolor cuando bailas?” Amira frunció el ceño y después agachó la cabeza para escribir.

A veces estoy dolida porque bailo, otras veces bailo porque estoy dolida, sea como sea bailar lo arregla todo” me costó un poco leer las palabras, estaban algo emborronadas por la rapidez con la que las había escrito. No había entendido muy bien el significado de sus palabras...Iba a responderle cuando algo la sobresaltó. Al parecer había sonado el móvil en la sala y ella no tardó en cogerlo. Asintió un par de veces mientras me miraba algo angustiada y apenada. Cuando colgó, volvió a sentarse y escribió. “Me tengo que ir. ¿Mañana a la misma hora?

Contemplaba mi rostro algo desesperada por saber mi respuesta. Le sonreí, asentí con la cabeza y la vi marchar. Quedándome asomado a esa ventana que tantas veces había ignorado pero que ahora me encantaba. Ella, ella tendría unos cuantos años menos que yo pero no me preocupaba. ¿Era cosa mía o mis sentimientos eran correspondidos?

Una semana después, cuando ella se despedía de mí una vez más, mi teléfono hizo aquel sonido que tan poco me gustaba. Resoplé y miré al aparato infernal. ¿Qué querían ahora? Como fuese para preguntar cómo estaba, juraba por mi tumba que el teléfono acabaría estampado contra el suelo de la calle.

-Adolphe al habla.

-¡Hombre! Al fin lo coges, llevo toda la tarde llamando.- fruncí el ceño. Debía estar mintiendo ya que yo no había escuchado nada pero el teléfono no engañaba, había cinco llamadas perdidas.- ¿Cómo estás?

 -Estoy… ¿Cómo se supone que debo estar?

-Entiendo. Es normal, no ibas a estar genial después de la guer…

-No lo digas. Estoy bien, ¿vale? ¿Para qué has llamado?- comenté con un tono frío, ese pez gordo no sabía nada sobre lo que había sufrido.

-Quería quedar contigo mañana a las cinco. Tengo algo muy importante que decirte.

-¿A las cinco?- mi cabeza solo podía repetir una cosa “Amira”- No, no puedo. Ya tengo un compromiso.


-Pues cancélalo- su voz sonó demasiado amenazadora como para rechazarla y supe que no podría negarme a aquello.

-Está bien- dije suspirando, resignado a no ver a mi querida bailarina bailar una tarde más- Iré. Más te vale traerme un coche a la puerta de mi casa.


Tras detallarme los acuerdos para el día siguiente, colgó y yo me quedé observando la sala de baile que permanecía oscura. Imaginé una vez más a ella bailando, dando volteretas y poniéndose de puntillas. Después me imaginé que yo estaba junto a ella, sonriéndole y deleitándome con sus pasos. Imaginé que ella paraba de bailar, se acercaba a mí y me besaba, tomándome por sorpresa pero respondiendo a ese beso de buena gana. Sacudí mi cabeza para apartar aquella tentación de mi mente, no tenía ninguna posibilidad de que ocurriera algo así. 

A mi manera ~ La bailarina y mi ventana (Parte 1)

jueves, 27 de noviembre de 2014

Dicen que cuando conoces al amor de tu vida, el tiempo se para. Y tienen razón.

Estaba asomado a la ventana, oliendo el aroma que ofrecía la ciudad. Los coches pasaban a toda velocidad, algunos se detenían amablemente para dejar pasar a los peatones que habían decidido salir a la calle a disfrutar del maravilloso día que se presentaba ante nosotros.

Bueno, muchos podrían decir que no era el día más bonito del mundo. Pero, para mí, cualquier día bajo el amplio cielo era un auténtico regalo. Las nubes pasaban muy lentamente movidas por el frío viento que entraba por mi ventana, inundaba mi casa y se alejaba para inspeccionar más rincones de la ciudad.

Entonces la vi, allí estaba, bajándose del autobús de la línea 3. Se encontraba algo lejos de mi como para poder admirarla de cerca pero la contemplé lo suficiente para entender la belleza que existía en ella.

Fue en ese mismo instante, sus ojos se giraron para mirar el extremo de la calle donde se alzaba mi edificio, cuando el tiempo se paró. El viento quedó suspendido sobre la ventana, las manecillas del reloj de la cocina se pararon, los pájaros dejaron de cantar, la gente se detuvo en un paso inacabado. Todo a mi alrededor se paró pero podía sentir los latidos de mi corazón en el pecho, golpeando fuertemente, intentando salir, pidiendo a gritos estar más cerca de aquel ángel que había parecido caer directamente del cielo.

Pero ella volvió a girarse y prosiguió su camino y el mundo volvió a su eterno ruido. Debí admitir que me sentí desilusionado. Necesitaba, con extrema urgencia, saber su nombre, conocer su historia y ser parte de ella. Al menos sabía una cosa: asistía a clases de ballet. Quizás habían sido sus mallas o su mochila de deporte lo que me dio aquella certeza o tal vez el moño rubio que, tan perfecto, reposaba sobre su cabeza. Quizás, lo que me dio la pista fue verla entrar en la academia de baile que tenía justo en frente.

El corazón subió hasta mi garganta al comprender que aun quedaba una oportunidad.  Me desplacé, como mayormente pude, hasta la ventana que había en mi despacho. Desde allí había unas vistas hermosas de una de las clases de ballet…

Rogué a Dios, al Destino o a lo que fuera aquello que manejase el mundo, poder volver a ver a la joven. “Por favor, por favor, por favor” parecía un niño pequeño pidiendo por un nuevo juguete.

Abrí los ojos y mi rostro se iluminó, allí estaba otra vez. Era ella sin duda y estaba tan guapa… Era tan perfecta que supe que no era merecedor de contemplar a tal creación pero tenía el privilegio de hacerlo y no lo desperdiciaría. Había más jóvenes en la clase, pero ninguna como ella, destacaba la que más y había un aura rodeándola que te quitaba el aliento.

Sentí morir al verla bailar. Mis lágrimas acudieron rápidas a mis ojos, había tanta emoción, tanto dolor en cada simple movimiento. ¿Qué le había pasado a un ángel como aquel para poder sentir algo tan desgarrador?  Nadie, y menos ella, debía sufrir de aquella manera.

Permanecí una hora en aquella ventana, mirando cada movimiento, cada pequeño gesto que salía de su rostro. Maldije al ver que la clase había acabado y que todas empezaron a recoger. Me sorprendí al ver cómo ella se giraba y me miraba directamente a mí. Me estremecí al sentir sus intensos ojos clavándose dulcemente sobre mi ser.  El mundo volvió a parase, incluso parecía que desaparecía todo a nuestro alrededor y solo quedábamos nosotros dos, en una habitación oscuro y vacía demasiado separados como para poder tocarnos, como para poder escucharnos…