A mi manera ~ La bailarina y mi ventana (Parte 3)

sábado, 29 de noviembre de 2014

Llegaba puntual, como siempre, aun así subió las escaleras a paso ligero. Tenía que verle, la clase le daba igual. En un principio, lo que la animaba a ir a ballet era esa sensación de alegría, el dolor se iba y se sentía una joven feliz por unos segundos. Pero ahora lo que la impulsaba a bailar era que él estuviese allí, mirándola. Bailaba para él, desnudaba su corazón y se lo entregaba durante el tiempo que bailaba. Desde el primer momento que le vio en la ventana, contemplando el mundo que él tenía bajo sus pies, supo que sería alguien importante en su vida.


Cuando pisó la clase, su sonrisa desapareció de su rostro. Él no estaba allí, solo había un papel pegado a la ventana. “Cierra los ojos y baila, porque bailar lo arregla todo (incluso mi ausencia)” Sonrió al leerlo, al parecer hoy no podría estar con ella pero bailaría como si la  observara y esperaba poder llegar hasta donde él estuviera  y hacerle sentir lo que ella sentía.


La clase terminó, se le hizo sumamente eterna. Volvió a mirar la ventana, seguía sin aparecer… Suspiró y bajó las escaleras hasta llegar a la parada de autobús. Solo quedaban unos minutos para que el transporte llegase cuando un coche negro paró frente a ella. La ventanilla del conductor se bajó y ella pudo reconocer a uno de los trabajadores de su padre. Era extraño que la fuesen a recoger. “Él te espera” con él se refería a su padre y con espera se refería a que era mejor que se diese prisa o la castigaría de una forma horrible.

Se montó en el coche y cruzó sus brazos. No deseaba verle. Odiaba a ese hombre que le hacía llamar “padre”. Tras varios minutos, el coche se paró. Estaba justo en el edificio donde pasaba su padre las horas, porque ella sabía perfectamente que poco hacía en su trabajo…

Entró y preguntó por él. “En el sótano tres. Te espera.” Puso los ojos en blanco y se dirigió hacia el ascensor. Pulsó el botón hasta que las puertas se abrieron. La música que sonaba de fondo en aquel pequeño habitáculo, que bajaba produciéndole un leve mareo, estaba totalmente pasada de moda, una melodía que había sido olvidada años atrás.

-Por fin, Amira. Corre, ven. Tengo algo que enseñarte.- la joven siguió a su padre sin pronunciar ni una palabra y sin cambiar su expresión que mataría a cualquiera si pudiese- ¿Te acuerdas de aquellos veinticinco soldados que envié a la guerra?

¿Cómo no acordarse? Uno de ellos era su tío, el ser que ella más adoraba en ese planeta y al que le hubiese gustado llamar papá. Ahora, por culpa de ese canalla, estaba muerto, enterrado bajo tierra y sin posibilidad alguna de volver a hablar con ella.

-Encontré al responsable de su muerte. Mira- se detuvo ante una puerta de metal que tenía una pequeña ranura para poder observar el interior- Ahí está. Pagará por lo que hizo, mi niña.

Amira casi vomita al oír aquellas palabras. El único culpable era él… Él había mandado a esos soldados a la guerra cuando no eran necesarios, veinticinco soldados que habían sufrido para nada… Se asomó para ver al pobre que había sido torturado por su padre. Sus ojos se abrieron al ver de quién se trataba, en su garganta apareció un grito que fue lanzado casi de inmediato, sus ojos se empañaron de lágrimas. Era… era ¡Adolphe!

Comenzó a gritarle que le soltase. Preguntó una y otra vez qué le había hecho. Aporreó la puerta, gritó su nombre y amenazó a su padre. Él no hizo caso, solo repetía que se lo merecía y que si ella no se callaba acabaría junto a él. Amira no se rindió y, con todas sus fuerzas, forcejeó con su padre para conseguir la llave que liberaría a Adolphe de su cárcel.

-¿Tanto te importa ese tipo, ese capullo que mató a tu tío?

-El único que mató a mi tío fuiste tú. ¡Libérale de inmediato!

-Estás contra mí. Mi hija en mi contra…-por fin pareció comprenderlo. Permaneció unos segundos en silencio, como si pensase en algún plan malévolo- Bien, te doy dos minutos para sacarlo de aquí. Después daré la alarma y os buscarán.

El hombre le ofreció la llave y ella la cogió al vuelo, sin perder tiempo alguno. Abrió la puerta y se acercó hacia él. Le dedicó palabras de dulzura, de tranquilidad. Pasó la mano de él por sus hombros y lo carreó mientras él cojeaba hacia el ascensor.

-Por favor, ve más rápido.

-No puedo correr más, bailarina.

Ella tiró de él mientras se aproximaban a la salida. Entonces, oyó cómo le comunicaban a uno de los guardas la voz de alarma. Maldijo para sí y divisó uno de los coches que había en la salida. Era una auténtica locura pero serviría. Adolphe parecía haber entendido su idea ya que se acercó hasta el coche y sacó al hombre que había dentro de un solo empujón. Amira se adelantó a su siguiente movimiento y se sentó en el asiento del piloto.

-Deja que yo conduzca. Tu no… no puedes.

-¡Joder, Amira!- gritó mientras daba la vuelta al coche y cerraba la puerta justo en el momento en el que una mano intentaba apresarle- ¿Tienes carnet?

-Acabo de cumplir los dieciocho ¡claro que no lo tengo!- dijo arrancando el coche y alejándose de aquel lugar que tanta angustias le había traído.

A pesar de lo asustado que iba por la manera de conducir de la joven, solo podía pensar en los años que los separaban. Dieciocho… si las cuentas no le salían mal solo eran doce años. Aquello lo tranquilizó un poco, había llegado a pensar que ella tenía quince,

Aparcaron casi enfrente de la academia de baile y subieron las escaleras hasta la clase en la que ella ensayaba. Allí se quedaron, recuperando el aliento y ordenándole a sus corazones que rebajasen el ritmo de sus latidos.

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