I know you're not

domingo, 31 de enero de 2016

A Nina le han exigido muchas cosas: que si no debe ensuciarse de barro, que si debe sentarse bien en la mesa, que no debe gritar por la calle, que tiene que ir más tapada, que si esto, que si lo otro. Todo, absolutamente todo, lo hace mal.

A Nina siempre se le ha dicho que se tiene que comportar como una auténtica dama si no quiere desencajar en el mundo real. Pero lo que no saben es que a Nina no le interesa tanto el mundo real.

Ese sitio al que todos quieren pertenecer y encajar es feo, frío y huele mal, muy mal. Un lugar donde te colocan una nota y si no superas las expectativas, te llaman fracasado. Un mundo en el que si no haces ciertas cosas, te tachan de raro y te dan la espalda. Un sitio al que llaman hogar pero que de hogar tiene más bien poco. Una habitación cerrada donde el aire puro y virgen no entra por los pulmones. Viviendo encadenados a aparatos destinados a hacer la vida más fácil pero que cada vez los vuelven más vagos y acortan la vida.

Nina odia ese mundo. Por eso, se ha fabricado uno nuevo. En él, no hacen faltan notas para pasar al siguiente nivel, con lo que aprendes es más que suficiente. En ese mundo, puedes ser como más te apetezca. Si un día quieres ser de una forma y al día siguiente de otra, no habrá ningún problema. Un lugar donde nadie te juzga ni te critican cuando pasas por la calle. Donde el auténtico valor está en lo que trabajas con tus propias manos. Construyes tu vida como más lo desees. Un sitio donde se mira por los demás y no por uno mismo. Un lugar tan perfecto que hasta a Nina le parece demasiado irreal.

Porque en el mundo que Nina ha fabricado, solo vive ella. En ese mundo, nadie anda por la calle a su lado. Nadie la mira y le dedica una sonrisa. Está ella y su mejor amiga, la soledad. Por mucho que lo adore, la soledad no es de lo más agradable a veces. Pesa demasiado incluso para ella que lleva viviendo años a su lado. Empieza a cansarle el hecho de que la persiga constantemente, en que haya ocasiones que no la deje respirar, en que derrame una lágrima por el mero hecho de que la soledad la esté acompañando.

Sí, a veces llora en ese mundo creado. Es en esos momentos cuando la soledad le vuelve a repetir la misma pregunta una y otra vez “¿estás bien?” y Nina le responde, con lágrimas en los ojos, que es la persona menos idónea para preguntarle aquello.

No eres una persona real, soledad. No existes, eres un producto de mi imaginación, nada más. Igual que este mundo que he creado para mí sola. Dime, ¿de qué sirve llamar a esto tu mundo si no lo puedes compartir con nadie más?

Y soledad la mira, con cara de sorpresa y algo de indignación. Pero en el fondo, la entendía, le tenía cierto cariño a aquella chica y sabía que algún día tenía que dejarla ir. Soledad se acerca a ella y le sonríe
Pues busca a alguien” le dice como si fuera una solución fácil “Alguien con quien compartirlo. La búsqueda no será fácil pero, al final del día, habrá valido la pena

¿Y qué pasa contigo?” Nina tan preocupada por el bienestar de los demás antes que por el suyo, como siempre. “No quiero dejarte sola, han sido demasiados momentos juntas.

Volverás, siempre lo harás. Habrá algún momento de tu vida que me necesites y yo estaré ahí, esperándote para volver a pasear por las calles vacías de tu mundo ideal, las dos solas.

Nina lo comprende y se enfunda su traje de lucha para salir al mundo real en busca de una persona que comprenda y ame su mundo ideal tanto como ella, aunque en ocasiones parezca demasiado irreal. 

Candles

martes, 26 de enero de 2016

Los pequeños agujeros de la pared le dejaban ver lo que ocurría en la habitación contigua.  Una pelea de adolescentes que no sabían lo que querían. Dos jóvenes que se querían pero que jamás lograrían llegar a un acuerdo. El amor a esa edad era algo demasiado complicado. 

Él gritaba, se llevaba las manos a la cabeza y señalaba a la nada una y otra vez mientras escupía palabras de odio, palabras que después se arrepentiría de haber dicho. Ella lloraba y negaba con la cabeza, intentando replicar a las duras y frías acusaciones que se clavaban en su bello cuerpo como sables afilados.

El hombre que los observaba desde el agujero, sabía que había sido mala idea dejar que ella viniera acompañada. Estaba estropeando toda la quedada... Debía admitir que ella siempre había estado en su punto de mira. Era una joven inteligente, simpática, con personalidad propia y sí, para qué negarlo, guapa. La más hermosa que sus ojos habían podido ver. Con tan poca edad y en su pecho solo residía un auténtico corazón de oro. Debían tratarla como una princesa, no como lo hacía ese niñato. Le hervía la sangre con solo pensarlo. Últimamente, los chicos no sabían respetar a una dama. No sabían respetar a un ser humano si quiera. 

El adolescente se marchó de la habitación con un portazo, dejando a la joven sola y hecha un mar de lágrimas. El hombre suspiró, era hora de actuar. No podía ver a su princesa llorar, no de aquella manera. Tapó los agujeros que le habían permitido observar la escena y golpeó la puerta de la habitación tres veces con un ritmo peculiar que ella de seguro reconocería. Giró el pomo al escuchar un leve "pasa". 

─ Amelia, ¿qué ha pasado? He oído el portazo, ¿estás bien?

La joven tardó unos segundos en reaccionar pero, finalmente, negó con la cabeza. Él se acercó y le pasó uno de sus brazos por los hombros. Deseaba protegerla de todo los males. Sabía lo cruel que era el mundo y lo que le deparaba a alguien como ella. Detestaba esa impotencia. Ella cometería los errores aunque se le advirtiera de ellos. 

─ Es un idiota...─ susurró Amelia tras haberse calmado un poco ─. Creo que está buscando cualquier excusa para romper conmigo.  

─Los jóvenes nunca sabéis lo que queréis. Por más que lo penséis, nunca lo tendréis claro─ se detuvo ante la idea que había cruzado su mente. La examinó unos segundos antes de pronunciarla en voz alta─. ¿Qué te parece si nos vamos al bosque a mirar las estrellas? Cuando eras un poco más pequeña, adorabas ir a acampar conmigo. 

─ Claro que sí. Nos lo pasábamos bien. Deja... deja que me prepare, tito. 

Tito... Odiaba esa palabra. Principalmente porque no era de su familia. Solo era el mejor amigo de su padre pero nada más. ¿Cuándo le había apodado de aquella manera? Ya ni lo recordaba pero deseaba fervientemente que lo llamase por su nombre. Se alejó de la habitación con aquel horrible pensamiento. 

El camino hacia el bosque era oscuro y poco peligroso. Simplemente seguían recto unos cuántos metros y ya estaban en mitad de un claro. Habían ido con una linterna y una lámpara que alumbraban débilmente el camino. Amelia se agarraba a su mano para no perderse ni tropezar y eso era lo mejor que podía estar pasando. Se sentía como si andase en una nube. 

─Aquí, aquí─ le dijo Amelia señalando un lugar─. Suelta la tienda de campaña. 

Él obedeció. La tienda se hizo sola. Era una de las cosas mágicas de la tecnología, siempre haciendo el trabajo más fácil. Se adentró en la tienda para dejar las cosas y cuál fue su sorpresa al descubrir que ella había hecho lo mismo. 

─ ¿Recuerdas cuando hacíamos sombras chinescas?─ le dijo la joven colocando la pequeña lámpara en mitad de la tienda─. He aprendido algunas figuras desde entonces.

Él la miró y sonrió. Amelia intentaba hacer que sus sombras se pareciesen a algún animal conocido. Era realmente hermosa. Por fin había dejado de llorar y una sonrisa asomaba en sus labios. Aún tenía restos de lágrimas por sus mejillas pero parecía no importarle. 

─Mira, un lobo. 

Casi por instinto, él agarró su mano, rompiendo de esa forma la bonita figura del animal que aullaba a la luna. La joven pareció asustarse, le miró desconcertada. Jamás había recibido una mirada suya de aquella forma. Normal, él tampoco había reaccionado de aquella manera. ¿Qué le estaba pasando? ¿Sería la soledad del bosque? Poco importaba, estaba decidido y no iba a dar marcha atrás. 

Sus labios se despegaron para pronunciar dos palabras que llevaba tanto tiempo deseando decir. Sin embargo, ella le acalló con aquella mirada que le rogaba no decir nada. Así lo hizo. ¿Por qué estaba tan nervioso? Realmente le afectaba estar en su presencia. 

─Apaga las luces. 

Aquella petición lo tomó por sorpresa. Ella había averiguado todo lo que estaba pasando por su cabeza. Lo peor de todo era que había aceptado sin siquiera él pedírselo. Lo peor de todo fue que él apagó las luces, justo como ella se lo pidió. Lo peor de todo fue sentir sus lágrimas. Lo peor de todo fue que se sintió como si estuviera pisando la escena de un crimen.

When it never happened

lunes, 11 de enero de 2016

11-10-1992
El sol entra débilmente por la ventana de la biblioteca y hace que entrecierre los ojos levemente. El calor que los rayos le proporcionan a mi piel no es comparable al calor que le proporcionas a mi corazón con solo mirarte.

Estás sentado a tan solo tres pupitres delante de mí. Escribiendo sin parar en tu libreta de ideas. ¿Qué escribes? ¿Por qué tan ensimismado en un mundo irreal? Sé que algún día serás grande. Sé que algún día el mundo gritará tu nombre.

Pero ahora, ahora solo tienes que quedarte sentado mientras las personas a tu alrededor solo te dicen que estás loco, que tus sueños no son posibles. Déjales que hablen. Déjales que piensen que estás en un error. Yo sé que en tu interior arde una llama que reclama el éxito, que reclama la atención que te mereces.
Recuerdo la primera vez que te vi. Tan callado, tan extraído de la realidad. No parecías pertenecer a la Tierra. Sin embargo, algo me decía que estabas en el lugar adecuado en el momento idóneo. Aquella fue la primera vez de muchas. Cada día que te veía era como si fuese la primera vez. Sonreías a la nada, escribías en tu libreta, te levantabas de un salto. Tantas cosas que descubrí con solo mirarte… tantas cosas que me dejaste ver de tu alma sin que tú lo supieras. Se podría decir que me enamoré de ti a primera vista.

Sí, es un amor irreal, un amor inalcanzable…Pero, como se suele decir, el corazón no decide a quien añorar. Mi corazón te añora cada día, cada minuto aunque te tenga tan cerca pero estás tan lejos. Quizás si tan solo hablásemos los dos solos, todo podría ser diferente. Quizás…

02-05-2000
Encontré un diario. La primera página de mi diario inacabado. Una nota que deberías haber leído pero que nunca hiciste. Jamás te la di. No estaba equivocada, no estaba mal encaminada. El mundo grita tu nombre ahora. El mundo te adora, te idolatra. Lo has conseguido y eso me hace tan feliz…
Siempre estuve a tu sombra. Siempre estuve cerca de ti aunque no te quisieras dar cuenta. Yo fui una de las encargadas de editar tu libro, yo fui la que dio las ideas adecuadas a las personas más cercanas a ti. Nunca nos hemos hablado, nunca me has visto pero ahí estaba. Me mencionas en la parte de agradecimientos. No está mi nombre escrito pero… sé que va para mí.

Me he decidido por fin. Ya son muchos años, ¿verdad? Posiblemente no te acuerdes de mí pero quiero que lo sepas. Quiero que sepas lo que sentí y lo que me vi obligada a guardar en un cajón. Se supone que debo ser feliz: marido, hijos, una casa, trabajo estable… Pero no lo soy. Jamás lo seré porque no estás a mi lado. Tranquilo, lo entiendo. Entiendo que tú no te fijaras en mi de la manera que yo lo hice. Entiendo que tu mejor amiga era la mejor opción. Entiendo que solo era la hermana pesada de tu mejor amigo. Lo entiendo y lo respeto. Solo quería que lo supieras. Solo quería que supieras que yo siempre creí en ti. Incluso cuando el resto del mundo estaba en tu contra, yo no dudé ni por un momento que tú lo conseguirías que lucharías con uñas y dientes hasta llegar a hoy.  

Te deseo la mayor suerte del mundo. Aunque de eso te sobra, ¿verdad?

Te quiere y siempre te querrá, tu admiradora anónima.

Pero ahora soy libre

domingo, 3 de enero de 2016

Estás asustado. No sabes qué hacer. Siempre te encuentras con los mismos problemas. Un día estás feliz, al otro eres un mar de lágrimas.

Tenemos la respuesta. Es simple. Está clara. Se perdió en algún lugar de tu habitación. Todos estamos pensando en lo mismo. Todos menos tú. Nos miras con esos ojos marrones bien abiertos, esperando que abramos nuestras sabias bocas para darte la peor noticia de todas. Pero somos incapaces de hacerte eso. Sobre todo a ti. Eres tan joven. Tienes tanta vida por delante que no deberíamos pensar en esa posibilidad siquiera. Sin embargo, lo hacemos. Los mayores… tan egoístas, tan muertos en vida. No pensamos, no vemos lo que le hacemos a los demás por nuestros actos.

Perdónanos, nunca deseamos que esto acabara así. Jamás pedimos esto. Pero aquí estamos. Mis amigos y tú. El pobre Jim ya no sabe lo que pensar. Cuando éramos jóvenes, nos solíamos reunir en este extraño lugar. Claro que, en aquel entonces, las luces eran mucho más brillantes que ahora. Las lámparas solo desprenden una tenue luz. Lo suficiente para intuir nuestros rostros. Somos viejos, no queremos ver cómo el tiempo ha pasado para nosotros.

El pobre Jim, blanco como un fantasma, se echa a llorar. Acaba de encontrar esa respuesta que se perdió en tu habitación. La sabe y no la quiere compartir. Te lo he dicho, egoístas hasta la médula.

Escúchame, intenta hacerlo. Sé que eres joven, que no nos harás caso pero esto es importante. Esto cada vez tiene más sentido para nosotros. No podemos protegerte. Tienes que hacerlo por ti mismo. Nos iremos tarde o temprano, más temprano que tarde. Por eso debes alzar tu voz ahora. Por eso debes correr por ese oscuro túnel. No te preocupes. Nosotros estaremos a tu lado. Siempre nos quedará el tiempo que pasamos juntos. Será más rápido de lo que piensas. En menos de un segundo, todo habrá acabado. Y tu habitación estará lista para que la limpien. ¿Lo vas a intentar? En tu rostro solo veo esa expresión de incredibilidad. Créeme, ojala pudiese ser de otra forma.  

Pegan a tu puerta. No abras, déjales que aporren todo lo que quieran. Al menos hasta que todo esto termine. Eres la salvación para todos. Lo haces o no. Depende de ti pero decídete rápido. No tenemos mucho tiempo. Habla ahora. Sí o no. Sigues con esa expresión en tu rostro; la boca abierta, los ojos de par en par. Te daremos tu tiempo. Solo unos segundos más…

Sí. Ya veo la sonrisilla de decisión. Muy bien. Haces bien. De todas maneras, tu corazón ya estaba roto. ¿Qué más te daba? No habría manera de reconstruirlo y esta es la opción más sabia que puedes tomar. Tranquilo, nos iremos nada más que todo esto acabe. La situación se pondrá lo suficientemente fea como para que unos extraños la contemplen.


Animo, te esperaremos al otro lado. Te esperaremos felices y recibiéndote con los brazos abiertos. Solo cierra los ojos y disfruta del viaje, viejo amigo. 

Él la esperó

viernes, 1 de enero de 2016

Él la esperó. La esperó tanto tiempo que ya ni se acordaba cuándo había llegado allí. El humo invadía sus pulmones pero poco le importaba. La gente andaba sin mirar si quiera dónde pisaban; charlaban, sonreían, lloraban. Un mar de emociones metido en un espacio tan estrecho y tan largo. Las ruedas de las maletas chocaban contra el suelo y producían un desagradable sonido que lo inundaba todo. Una voz más alta que la de todo aquel ajetreo le avisó de que ya era tarde, de que era ahora o nunca.

Cinco minutos. Solo cinco minutos más. ¿A qué hora habían quedado? Sí, hacía más de hora y media. Dijeron que estar antes era lo mejor para la situación. Dar una vuelta por la estación, reírse de los pasajeros que se olvidaban hasta de lo más obvio a causa de las prisas, despedirse de su lugar favorito... Esos eran ellos pero aquella vez, como tantas otras veces, ella no aparecía.

─ John, ¿vienes o no?

La voz de uno de sus amigos lo sobresaltó. Allí estaban los tres, asomados por la ventana del viejo tren. Esos tres granujas que hacían su vida un poco más feliz. ¿Debía ir aunque ella no apareciera?  Se pasó la mano por la cara, deseando que todo aquello acabase de una vez. Siempre igual, siempre lo mismo. Estaba atado a una persona que ni se preocupaba por él. Ni una visita, ni una en toda la semana.  Ahora tenía que elegir y lo cierto era que se le daba de pena. ¿Ella o ellos? Difícil, muy difícil…

Dos minutos. Solo dos minutos más. ¿Qué haría? Su maleta estaba ya en el vagón aunque a él no le apetecía marcharse sin la que supuestamente era su chica. Pero a ella no le importaba dejarle plantado una vez más, entonces… ¿qué hacía pensando si quiera?

Pero la quería. La quería con todo su alma. Tanto que dolía. ¿Cómo olvidar un amor así? No podía perderla, no era una maleta que se extraviaba. Si la perdía, jamás la volvería a recuperar. ¿Qué le había dado aquella maleta? Nada, en su interior no había nada. Era cierto que era la más bonita del planeta, no había nadie como ella pero eso no era lo único que importaba.

El tren iba a salir. Los motores se pusieron en marcha, el carbón se iba prendiendo, el humo comenzaba a salir.

─Vamos, John, lo vas a perder.

Sí, lo iba a perder. Aún estaba a tiempo, las puertas no se habían cerrado, no del todo. Corrió al ver que el tren comenzaba su viaje. No, no lo iba a conseguir. Aquel pensamiento era de pesimistas, claro que lo iba a conseguir. Obligó a sus piernas que corrieran aún más. Alzó la mano para intentar agarrarse a la barandilla de la puerta. Lo consiguió, ahora solo tenía que subir. Un poco de esfuerzo y… se había subido. ¡Lo había conseguido!

Sonrió y miró al andén que iba a dejar atrás. Sus ojos se paralizaron en un punto. Allí estaba ella que lo veía marchar. En su rostro solo había desilusión pero ya llegaba demasiado tarde. Aquel tren se dirigía a la tierra prometida y ella lo había dejado escapar. No era su culpa que no viniese. Notó cómo su corazón se rompió en dos. Por un segundo, creyó que se iba a echar a llorar pero una mano en su hombro le avisó de que ni se atreviera.

─ ¡Eh, te estamos guardando un asiento!

John miró a su amigo. Al fin y al cabo, ellos eran los que siempre estaban allí. Le sonrió y le dio la espalda a todo lo que había conocido. A todas las alegrías y a las penas que dejaban con ella. Que se las quedara, que le pesasen en el alma como nunca lo había hecho. ¿Había sentido ella algo por él? Lo dudaba.


Se sentó junto a la ventana. Allí estaba feliz, allí estaba acompañado de la mejor compañía que podía conocer. Reían, charlaban, se escuchaban y se apoyaban en todo lo que hacían. Ellos eran su verdadera felicidad. Empezaba de cero, en el tren de la vida, en el tren que los llevaría a un lugar mejor. Lejos de todo aquel humo, lejos de todas aquellas penas, lejos de ella.