Candles

martes, 26 de enero de 2016

Los pequeños agujeros de la pared le dejaban ver lo que ocurría en la habitación contigua.  Una pelea de adolescentes que no sabían lo que querían. Dos jóvenes que se querían pero que jamás lograrían llegar a un acuerdo. El amor a esa edad era algo demasiado complicado. 

Él gritaba, se llevaba las manos a la cabeza y señalaba a la nada una y otra vez mientras escupía palabras de odio, palabras que después se arrepentiría de haber dicho. Ella lloraba y negaba con la cabeza, intentando replicar a las duras y frías acusaciones que se clavaban en su bello cuerpo como sables afilados.

El hombre que los observaba desde el agujero, sabía que había sido mala idea dejar que ella viniera acompañada. Estaba estropeando toda la quedada... Debía admitir que ella siempre había estado en su punto de mira. Era una joven inteligente, simpática, con personalidad propia y sí, para qué negarlo, guapa. La más hermosa que sus ojos habían podido ver. Con tan poca edad y en su pecho solo residía un auténtico corazón de oro. Debían tratarla como una princesa, no como lo hacía ese niñato. Le hervía la sangre con solo pensarlo. Últimamente, los chicos no sabían respetar a una dama. No sabían respetar a un ser humano si quiera. 

El adolescente se marchó de la habitación con un portazo, dejando a la joven sola y hecha un mar de lágrimas. El hombre suspiró, era hora de actuar. No podía ver a su princesa llorar, no de aquella manera. Tapó los agujeros que le habían permitido observar la escena y golpeó la puerta de la habitación tres veces con un ritmo peculiar que ella de seguro reconocería. Giró el pomo al escuchar un leve "pasa". 

─ Amelia, ¿qué ha pasado? He oído el portazo, ¿estás bien?

La joven tardó unos segundos en reaccionar pero, finalmente, negó con la cabeza. Él se acercó y le pasó uno de sus brazos por los hombros. Deseaba protegerla de todo los males. Sabía lo cruel que era el mundo y lo que le deparaba a alguien como ella. Detestaba esa impotencia. Ella cometería los errores aunque se le advirtiera de ellos. 

─ Es un idiota...─ susurró Amelia tras haberse calmado un poco ─. Creo que está buscando cualquier excusa para romper conmigo.  

─Los jóvenes nunca sabéis lo que queréis. Por más que lo penséis, nunca lo tendréis claro─ se detuvo ante la idea que había cruzado su mente. La examinó unos segundos antes de pronunciarla en voz alta─. ¿Qué te parece si nos vamos al bosque a mirar las estrellas? Cuando eras un poco más pequeña, adorabas ir a acampar conmigo. 

─ Claro que sí. Nos lo pasábamos bien. Deja... deja que me prepare, tito. 

Tito... Odiaba esa palabra. Principalmente porque no era de su familia. Solo era el mejor amigo de su padre pero nada más. ¿Cuándo le había apodado de aquella manera? Ya ni lo recordaba pero deseaba fervientemente que lo llamase por su nombre. Se alejó de la habitación con aquel horrible pensamiento. 

El camino hacia el bosque era oscuro y poco peligroso. Simplemente seguían recto unos cuántos metros y ya estaban en mitad de un claro. Habían ido con una linterna y una lámpara que alumbraban débilmente el camino. Amelia se agarraba a su mano para no perderse ni tropezar y eso era lo mejor que podía estar pasando. Se sentía como si andase en una nube. 

─Aquí, aquí─ le dijo Amelia señalando un lugar─. Suelta la tienda de campaña. 

Él obedeció. La tienda se hizo sola. Era una de las cosas mágicas de la tecnología, siempre haciendo el trabajo más fácil. Se adentró en la tienda para dejar las cosas y cuál fue su sorpresa al descubrir que ella había hecho lo mismo. 

─ ¿Recuerdas cuando hacíamos sombras chinescas?─ le dijo la joven colocando la pequeña lámpara en mitad de la tienda─. He aprendido algunas figuras desde entonces.

Él la miró y sonrió. Amelia intentaba hacer que sus sombras se pareciesen a algún animal conocido. Era realmente hermosa. Por fin había dejado de llorar y una sonrisa asomaba en sus labios. Aún tenía restos de lágrimas por sus mejillas pero parecía no importarle. 

─Mira, un lobo. 

Casi por instinto, él agarró su mano, rompiendo de esa forma la bonita figura del animal que aullaba a la luna. La joven pareció asustarse, le miró desconcertada. Jamás había recibido una mirada suya de aquella forma. Normal, él tampoco había reaccionado de aquella manera. ¿Qué le estaba pasando? ¿Sería la soledad del bosque? Poco importaba, estaba decidido y no iba a dar marcha atrás. 

Sus labios se despegaron para pronunciar dos palabras que llevaba tanto tiempo deseando decir. Sin embargo, ella le acalló con aquella mirada que le rogaba no decir nada. Así lo hizo. ¿Por qué estaba tan nervioso? Realmente le afectaba estar en su presencia. 

─Apaga las luces. 

Aquella petición lo tomó por sorpresa. Ella había averiguado todo lo que estaba pasando por su cabeza. Lo peor de todo era que había aceptado sin siquiera él pedírselo. Lo peor de todo fue que él apagó las luces, justo como ella se lo pidió. Lo peor de todo fue sentir sus lágrimas. Lo peor de todo fue que se sintió como si estuviera pisando la escena de un crimen.

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