La muerte andante

martes, 15 de marzo de 2016

Sus pasos resonaban por el oscuro y solitario callejón. Sólo la débil luz de una farola, que no paraba de parpadear, guiaba su camino.  ¿Sentía miedo? No. ¿Debía sentirlo? Tal vez pero, a esas alturas de la vida no había mucho de qué asustarse. Siguió andando mientras se preguntaba cómo era posible haber acabado allí.

Un frío gélido recorrió su descubierta nuca y se llevó una de sus manos allí. Sus pasos se detuvieron en seco y de su boca salió un vapor que era más que visible. ¿Por qué de pronto sentía tanto frío? Se llevó sus manos a sus brazos y los acarició, intentando generar calor. Había elegido el momento idóneo para llevar una camiseta de manga corta.

Miró al cielo. Estaba totalmente nublado y la luna se había ocultado entre las nubes. Posiblemente tuviera miedo pero ¿de qué? Él seguía sin ver el peligro en ninguna parte. Quizá había pasado demasiados años viviendo al límite. Esperando al último momento, el decisivo. Había hecho locuras, muchas, pero no se arrepentía de ninguna. De hecho, aún estaba allí, ¿cierto? Después de tantas y tantas aventuras que no aceptaría cualquiera.

De repente, escuchó su nombre. Un leve susurro sobre su oreja, un soplo del viento que había llegado hasta él de la manera más inesperada. Se sobresaltó. ¿Podía tener miedo ya? Sí, aquello no era algo que pasase habitualmente; escuchar tu nombre en mitad de un callejón nunca podía traer nada bueno.

Decidió entonces volver a caminar. Paso a paso, contando cuánto avanzaba. Uno, dos, tres. Pero el eco que escuchaba no era solo el de sus pisadas. Había alguien más. Cuatro, cinco, seis. Ahí seguían incansablemente detrás de él. Se giró casi de golpe y…

Oscuridad y nada más. Solo la oscuridad que le había acompañado hasta el momento. Una sonrisa nerviosa apareció en su rostro. Eran imaginaciones suyas, seguro. Estaba ya demasiado cansado, quería llegar a casa y echarse en la cama. Un sueño reparador quitaría todas sus preocupaciones.

Siete, ocho, nueve. ¿Sería posible? Otra vez. ¡Otra vez los pasos! Sí, estaba seguro que no eran los suyos solo. Había alguien más que caminaba con él. Estuvo a punto de girarse cuando el viento volvió a susurrar su nombre. Esta vez lo hacía incansablemente, una vez tras otra y sin pronunciar nada más.

Solo era su imaginación. ¿Y si echaba a correr? Sí, lo mejor sería correr y salir de allí cuanto antes. Unodostrescuatrocincoseissiete. No, no, no, las pisadas seguían allí.

─ ¡Basta de tonterías! ¡Sal de una vez cobarde!─ le gritó a la nada.

Se quedó expectante mirando la oscuridad del callejón que estaba dejando a sus espaldas. No parecía que nada se moviese. No parecía que alguien acechase entre la oscuridad. Volvió a gritar esta vez preguntando si había alguien allí. Pero recibió la misma situación que antes. Suspiró. Estaba empezando a caer en la locura y era algo que no permitiría. Miró al cielo, preguntándose qué estaba pasando con él. Estas últimas semanas había estado actuando de un modo más extraño y no porque se lo dijesen los demás, él se había dado cuenta también.

La luna se empezaba a dejar ver entre las nubes. Su luz era tan brillante que era capaz de alumbrar el callejón entero. Él sonrió, si de verdad había alguien allí era el momento idóneo para averiguarlo. Bajó la vista y recorrió con la mirada el lugar, pero no se dio cuenta hasta que se fijó en el suelo.

Una figura encapuchada le observaba desde allí, las manos las tenía cruzadas- o eso parecía distinguir. Frunció el ceño, habría echado a correr de no ser por estar en un extraño estado de shock. Era la sombra más rara que había visto y lo peor que era la suya. Movió sus brazos pero la sombra no le imitó. Sin embargo, la figura encapuchada sacó de entre sus sombras una horrible guadaña que, por un segundo ,pareció brillar.

Él abrió los ojos al máximo. Intuía de qué se podía tratar. Miles de imágenes y de leyendas circulaban por el mundo sobre aquel ser… Él no había creído ninguna. Echó a correr, cuanto más se alejase mejor. Pero por más que corría siempre encontraba que la sombra le seguía, estaba pegada a él de alguna forma. 

¿Dónde podría huir de la sombra? ¿Dónde podía esconderse si le seguía a cada paso que daba? Encontró entonces un rincón apartado de toda luz, de todo ruido… Se quedó allí intentando recuperar su aliento y mirando hacia todos los lados. Nunca sabría cuándo podía aparecer. Creyó que la mejor forma de defenderse de una sombra era la oscuridad. Pero qué equivocado estaba. Qué gran error había cometido pues no sabía que era todo lo contrario. Al contraatacar la sombra con la oscuridad solo le daba una enorme ventaja a esta.


Así fue cómo él sintió el frío metal rozando su cuello. Así fue cómo no volvió a ver más la luz del sol. Así fue cómo lo encontraron a la mañana siguiente. Ataque al corazón decían, qué gran mentira, un asesinato eso era. Pero qué pena que nadie lograría averiguarlo porque la muerte era lista pues por más pistas que dejaba jamás llegaban a castigarla por sus pecados.

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