La reina de Emendil (parte 1)

martes, 21 de junio de 2016

El caballo se detuvo frente a la entrada de la muralla. El jinete descendió, tuvo que esperar unos segundos; sentía las piernas doloridas de pasar tanto tiempo cabalgando. Se acercó a uno de los tres guardias que vigilaban y le sonrió.

─ Cuánto tiempo sin verte─ el guardia se acercó para estrecharle la mano─ ¿Ha sido un buen viaje?

─Muy tranquilo, a decir verdad. ¿Está todo listo?─ preguntó girando su cabeza hacia los lados para ver si había alguien más que no debiera escuchar sus palabras.

─Sí, además, hay alguien que quiere verte─ le dijo casi en un susurro─. Sabes ya dónde te espera.

─Por supuesto─ dijo alejándose de su compañero─. Abridme las puertas si sois tan amables.

Los dos guardias restantes le contemplaron con un poco de recelo pero, finalmente y tras la orden de su tercer compañero, abrieron las puertas y dejaron pasar al jinete que tiraba de su caballo.

La ciudad apareció ante él con todo su esplendor. Por suerte, pasaba totalmente desapercibido con las ropas que llevaba y aquel sombrero. Algunos aldeanos se quedaron contemplando al recién llegado pero él mismo sabía que sería solo tema de conversación durante un par de horas. “Solo un mercader extranjero” sería la conclusión final que comentarían entre todos. Eran tan predecibles que ya ni se sorprendía de los susurros ni de las risas que se formaban cuando pasaba a su lado.

Él siguió su camino sin establecer contacto con nadie, a parte de su caballo. No supo por qué pero tuvo que detenerse un par de veces para hablarle antes de llegar a su destino. Estaba nervioso y eso solo era un puro reflejo de los sentimientos de su amo.  A veces el caballo era demasiado parecido a él y eso llegaba a asustarle.

Se detuvo ante aquella herrería vieja y polvorienta. Sonrió. Había llegado a su destino. Dejó el caballo amarrado y decidió acercarse a la puerta. Pegó cuatro veces y, tras dos segundos, pegó una vez más. La puerta se abrió. Desde su posición, podía ver la oscuridad del lugar, el polvo y la humedad que se acumulaban en los rincones pero eso a él no le importaba. Tomó todo el aire que pudo, echó un último vistazo a su caballo que sacudió su cabeza- como si diera su consentimiento- y entró, cerrando la puerta tras de sí.

El lugar se quedó en la total oscuridad, ni por las ventanas entraba una pizca del radiante sol. Sacudió su cabeza, quitándose el sombrero, y colocó las manos en la cintura. Aquello era de risa.

─¿Seguiréis jugando a este juego toda la vida? ─ parecía que le estaba preguntando al aire pero él sabía que había alguien más allí─. Me merezco algo mejor que esto.

─¿Qué tiene de malo este lugar?─ la voz procedía de algún rincón de la herrería y él intentó avanzar, buscando el cuerpo al que pertenecía─. La gente no le interesa una herrería medio abandonada, nunca entrarán aquí.

─Oh─ le contestó siguiendo con aquel juego que parecía ser el ritual de siempre─, no subestimes la curiosidad humana.

Estaba cerca, lo sabía y su acompañante también. Estiró las manos y dio con lo que estaba buscando. Lo reconocería en cualquier parte; era la tela de aquel vestido que tan loco le volvía. Sonrió y supo que ella también lo hacía.

─No quiero esconderme más. Queda un par de días para─ hizo una pausa, la palabra casi hace que su corazón se saliera del pecho─ el compromiso. No puedo seguir así. Ropas viejas, un lugar lleno de polvo... No estamos hechos para este mundo.

─Tendrá que aguantar. Yo no me puedo permitir esto. Es algo superior a mí.

─¿Perdone? ¿A caso es una locura?

─Sí, sí que lo es─ el joven frunció el ceño y carraspeó, no podría soportar semejante situación por más tiempo.

─¡Ni siquiera puedo verla a la luz del día! Siempre escondida en este sitio de mala muerte.

─¿Quiere bajar la voz?─ le suplicó ella alzando las manos, o eso le pareció que hacía─. Sí, toda mi vida me he estado escondiendo pero es por una razón más que buena.

─Explíquemela, quiero saberla con lujo de detalles. ¿Por qué ocultarnos más?─ sus ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad pero no podía ver más que la silueta de su rostro y de su cuerpo.

─¿Qué pensaría la gente? Estarían destrozados. No superarían el golpe y se enfurecerían.

─Debe estar bromeando─ respondió con cierto sarcasmo.

─No, mi padre, que en paz descanse, sabía lo que me esperaba e hizo todo lo posible para protegerme.

─Es de locos. Nadie se merece ese estilo de vida y menos usted.

Mientras hablaban, él iba dando pasos hacia adelante, acorralándola poco a poco contra una esquina. Sabía que no estaba bien pero también la conocía e intentaría escapar en medio de la conversación, al igual que había pasado con anterioridad.

─Llevo toda la vida así y no pienso cambiar ahora. Sería una deshonra para los míos y para mi padre─ estaba a punto de llorar, a él no le engañaba.

─¿Así que espera que yo me lleve la gloria de todo esto?

─Es lo que deseo. Y ahora, ¿está todo listo?

─¿Pretende que deje el tema así? ¡Qué importa! Dígame, ¿¡qué importa!?

─Déjeme. Es mi voluntad y es como lo ordeno ─logró escapar de su cárcel y se dirigió hacia la puerta.

─Majestad, por favor─ atrapó su fino brazo e intentó hacer que se girase pero ella era más fuerte de lo que podía parecer.

─Princesa si no le importa. Princesa de Mabareth─ contra todo pronóstico, se deshizo del agarre pero no salió por la puerta como él había predicho.

─ ¡Ese es mi título!  Reina de Emendil, por favor─ le recordó de donde procedía y lo que era, lo que significaba para el pueblo.

─ La conversación termina aquí. Llegaré a la ciudad el día previsto y la celebración se hará como se ha ido planeando hasta ahora. Nada ni nadie─ remarcó aquella última palabra─ podrá estropearlo, ¿entiende? Acostúmbrese al castillo y a la vida en él porque eso es todo lo que conocerá a partir de ahora.

Ella salió decidida por la puerta y él, sin dudarlo y sin importarle su opinión, salió tras ella. La joven reina era rápida y ya se había montado en su caballo, ese al que tanto amaba. Comenzó a correr antes de que ella ordenase al caballo a ponerse en marcha. Corrió tras ella, sin descanso, sin percatarse de las miradas que le seguían muy de cerca. Corrió pensando en que no podía dejarla escapar, no de aquella manera. Lo intentó con todas sus fuerzas y llegó hasta las puertas con una leve distancia de diferencia. No, los guardias lo apresaron antes de que pudiera seguir corriendo. De todas formas, ¿qué iba a conseguir él con aquello?

─ ¡Mith, por favor!

El guardia lo retenía y él ya no tenía fuerzas para luchar. Se dejó caer al suelo, rendido por fin. Pero decidió que aquello no iba a ser su final. No, su historia no iba a acabar de aquella manera.

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