La reina de Emendil (parte 3)

martes, 12 de julio de 2016

El gran día había llegado. Tanto tiempo encerrado en aquel castillo, preparándolo todo y por fin la espera parecía servir de algo. El gran jardín del castillo estaba abierto para todos los invitados de la boda. El príncipe Lebran se detuvo frente al altar y sonrió. Era el día más importante de su vida. No solo por el hecho de que se iba a casar sino porque esperaba poder poner fin a la farsa que había llevado años.
Grita, a ver si se oye le pidió el guardia desde la otra punta del jardín.
Sí, quiero dijo el príncipe con tanta potencia como pudo y sonrió al comprobar que el guardia le daba el visto bueno.  Éste se acercó velozmente a él.
Bien. Ya está todo preparado permaneció unos segundos en silencio y finalmente reanudó la conversación. Espero que esta vez cumplas tu promesa.
¿Alguna vez he roto alguna, amigo? le sonrió y le dio unas palmadas en la espalda.
Sabía que aquel día era importante para el guardia también. Un día de alegría y de tristeza al mismo tiempo. El sueño de su vida se le escapaba ante sus manos y no podía luchar contra ello. Ella era una reina, él era su guardia. Él estaba enamorado, ella también solo que de otra persona totalmente distinta.

Los invitados comenzaron a llegar. Gente de la ciudad mayormente. Habían intentado invitar a la mayoría de los habitantes pero había sido imposible traerlos a todos a la ceremonia. El baile ya era otra cosa. Aun así, necesitaban de la gran mayoría, era importante que estuvieran presentes. Además, la reina amaba a sus súbditos y estaba deseosa de verles allí. La cantidad de veces que se había hecho pasar por campesina y la cantidad de veces que había intercambiado conversación con la mayoría de los presentes. Mith era una reina bondadosa que miraba por su pueblo antes que por ella misma. De ahí que no deseaban que supieran su género, ellos se sentirían estafados y enfurecidos.
Por favor gritó el guardia. Rogamos mucho silencio en la ceremonia. La princesa aparecerá en cualquier momento.
Tal como pidió, los presentes se sumieron en un silencio casi sepulcral, expectante por la aparición de la joven. Los músicos recibieron la señal y empezaron a tocar. El corazón de Lebran latía fuertemente en su pecho, iba al compás de la música, marcando el ritmo del momento.
Entonces la vio; un ángel apareció por la puerta, completamente vestida de blanco, puro blanco como era ella. Su sonrisa estaba allí, se alegraba de ver a los presentes pero sabía que no podía saludarlos como solía hacer. Ellos no la reconocerían, se ocultaba muy bien en sus disfraces como para que ellos supieran que era ella, su reina.
Lebran extendió la mano para coger la de la reina. Le sonrió. Por fin estaban allí, los dos. Por fin podía verla a la luz del sol. Era cierto que en su rostro había una sonrisa pero sus ojos no decían lo mismo. El sufrimiento de años guardando un duro secreto la martirizaba por dentro. No, ella no podía seguir sufriendo de semejante manera.
-Hermanos, hermanas, estamos reunidos hoy aquí para unir en santo matrimonio al rey Mith y a la princesa Lebran.
Le dolía escuchar algo así. Le dolía escuchar que ella tomaba su puesto con tanta tranquilidad, con tanta confianza y alegría fingida. La ceremonia continuó unos minutos hasta que el momento de los votos se acercaba. Ambos habían escrito los suyos propios pero, por normas de protocolo, no le habían dejado recitarlos así que serían sencillos y simples.
Si hay alguien que se interpone ante este matrimonio que habla ahora o calle para siempre.
Yo, me opongo.
Un susurro de sorpresa se extendió por todo el jardín. El propio príncipe había hablado y Mith lo miraba consternada, extrañada. Aunque en sus ojos había un tono de amenaza que estuvo a punto de convencer al príncipe en su decisión. Desvió la mirada, incómodo. ¿Cómo una mujer podía hacer que sus piernas temblasen del puro terror? No lo entendía, él había liderado ejércitos y no había sentido el mismo pavor.
Me opongo repitió y se alejó de ella para poder decir las palabras correctas. Buscó la mirada de su amigo que asintió. Aquello le dio fuerza para continuar. Esta no es una boda sincera y no podemos unir lazos si empezamos mintiendo a los ojos de todos los presentes. Todo este tiempo han creído que el primogénito del rey había sido un varón. Estaban equivocados. La reina Mith es la que ha estado detrás de todas las mejoras de la ciudad. Es ella a la que le debéis todo, no a mí.
Lebran se arrodilló ante la reina, ofreciéndole sus respetos de aquella manera y también pidiéndole perdón por no haber dicho aquello mucho antes. El silencio se instauró en el jardín. La reina estaba sorprendida, las lágrimas se asomaban por sus ojos pero no eran capaces de ser libres. No sabía cómo reaccionar ante aquello. Alzó la vista, avergonzada y contempló a todos los presentes, conocía el nombre de casi todos y más de una vez los había ayudado en persona.
Ya lo sabíamos alguien gritó aquellas palabras y el murmullo empezó a crecer.
No somos tan estúpidos como creen sonó desde el otro extremo.
Mith frunció el ceño sin creerse lo que estaba oyendo. Pronto, el murmullo se convirtió en un grito que aclamaba su nombre: “viva la reina Mith” decían sin descanso. La joven no pudo evitar soltar las lágrimas que tanto tiempo había estado reteniendo, esta vez de pura felicidad. Su pueblo, su querido pueblo la aceptaba por lo que era. No se habían revelado, no se habían sentido estafados porque una mujer tomase las riendas de la corona…
¿Por qué…? empezó a decir ella pero la voz se le quebró antes de que pudiera continuar.
Una campesina sin nombre nos escuchaba, nos visitaba, nos traía alegría, aliviaba nuestras penas. ¿Cómo no íbamos a saber que era ella? comentó uno de sus súbditos.
A pesar de lo que nos dijo el rey, el día de la coronación estaba claro: ese joven príncipe no estaba tan ilusionado como lo hubiera estado la verdadera reina aseguró otro.
Lebran se levantó y la miró con una radiante sonrisa. Y él había sido el causante de todo. Aquel joven la traía loca. Nunca sabía qué esperar cuando se trataba de él. Pero lo había hecho, una vez más, la había sorprendido de una manera inesperada. Creía que ya lo conocía pero se equivocaba. Él estaba dispuesto a todo con tal de hacerla feliz.
¡Queremos boda! una risa se extendió por los presentes y todos apoyaron aquella moción.
Así pues, se cumplieron los deseos de los presentes y Lebran y Mith unieron sus reinos y sus vidas ante Dios. Hubo más de uno que lloró y otros cuantos que gritaron a pleno pulmón por los recién casados. La celebración no se hizo de esperar y en menos que canta un gallo, ya estaban todos en el salón de baile, comiendo y bailando sin parar.
¿Ves como no era para tanto? Lebran solo necesitaba decir aquel “te lo dije
Idiota le recriminó ella sin siquiera mirarle. Dejó la comida sobre el plato de un golpe y le dedicó una mueca ¿Cómo es posible que lo supieran? ¿Por qué no me dijeron nada?
No sé, a lo mejor pensaban que te gustaba hacerte pasar por un hombre.
¿Alguna vez te he dicho que eres insoportable? preguntó, poniendo los ojos en blanco al escucharle hablar.
Sí, todos los días de tu vida le mostró la mejor de su sonrisa, como si él nunca hubiera roto un plato en su vida.

Pues recuérdame que lo siga haciendo.