El regreso

miércoles, 28 de junio de 2017

Cuando la puerta se abrió, todas las cabezas se giraron para mirarla. Estaba espectacular, como nunca antes la habían visto: un hermoso mono negro se ceñía a su cuerpo, su pelo era de un intenso rojo, su boca estaba perfilada con un buen pintalabios del mismo color y sus ojos… bueno, estaban cubiertos por sus enormes gafas de sol. Era cierto que había cambiado pero ya habían pasado bastantes meses- creían que casi llegaba al año.

No sabían cómo sentirse: asustados o emocionados. La primera de las opciones era la que ganaba por el momento. Nunca sabían cómo reaccionaría la mujer que acababa de entrar. Nunca sabían cuáles eran sus intenciones o por qué actuaba como lo hacía.

Lo único que sabían era que había vuelto y estaba desestructurando los esquemas que tan meticulosamente habían ordenado en su ausencia. Todos vieron cómo el jefe le daba dos besos y le sonreía. Menuda falsedad, todos sabían que se llevaban a muerte. No era por nada personal, oh no, solo que ella quería su puesto, eso era todo.

Ella siguió su recorrido, levantándose las gafas de sol y colocándosela en la cabeza como si de una felpa se tratase. No se dejó a nadie por analizar con esos potentes ojos marrones que a más de uno le hacían querer ir corriendo a ocultarse.

Cada uno de sus pasos hacía que el suelo temblase. Más de uno se tiró el café encima al verla llegar. Otros tantos se dedicaron a fingir que estaban demasiado ocupados como para notar su presencia. Y el resto, bueno, el resto simplemente miraba.

La mujer llegó a su puerta donde seguía su nombre. Habían pensado en quitarlo más de una vez pero nadie, por nada del mundo, se hubiera atrevido a arañarlo si quiera. Ella se giró y le dedicó una sonrisa a todos los presentes. Esa mueca indicaba que no saldría nada bueno de su boca.

─ Sí, he vuelto. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer?─ abrió la puerta de su despacho y, antes de introducirse a él, les dedicó unas últimas palabras─. ¡A trabajar, panda de vagos!

El portazo resonó hasta en la calle. Todos se pusieron manos a la obra casi de inmediato como si el diablo les hubiera amenazado con arrastrarlos hasta los mismísimos infiernos.

Era extraño. Acababan de darse cuenta de que, sin ella, habían estado viviendo en una rutina casi surrealista. Una rutina que todos empezaban a odiar pero que nadie había querido admitir. Con ella allí de nuevo, el trabajo había vuelto a tener ese toque de adrenalina que tanto habían necesitados.


Ella se apoyó tras la puerta, soltando todo el aire que pudo. Había sido una actuación difícil, sus piernas seguían temblando. Dejó escapar una sonrisa mientras sacudía la cabeza. Por fin había vuelto y se sentía... tan bien.