Pensamiento #7

miércoles, 26 de julio de 2017

Estamos acostumbrados a caernos con una mano levantada. Estamos casi totalmente seguros de que habrá alguien para cogernos de la mano y evitar tan dolorosa caída. Esperamos que ocurra y, cada vez que nos tropezamos, no solo nos llevamos el dolor físico si no también la terrible decepción que conlleva el averiguar que esa persona no te ayuda. 


Desde el suelo, vemos cómo esa persona se agacha, ladea la cabeza y nos sonríe. Pregunta si estamos bien. Y nosotros le respondemos que sí, que siga su camino, que ya la alcanzaremos. La vemos marchar y, después de varios minutos llorando, volvemos a levantarnos. 

Encontramos a otra persona, que está ahí, a nuestro lado. Creemos que esta vez es la verdadera. Cuando caemos y levantamos la mano, nadie la agarra. Volvemos a lo mismo de antes. Las heridas en las rodillas y en la barbilla vuelven a abrirse pero tenemos que volver a levantarnos. La dejamos ir. Volvemos a llorar. No comprendemos por qué todos nos abandonan.

Solo lo entendemos cuando vemos a otra persona caer. Cuando vemos cómo alza la mano y las nuestras están en los bolsillos, ocultas. Lo entendemos cuando nos agachamos, ladeamos la cabeza y les sonreímos con cierta tristeza (porque también hemos pasado por eso). Le preguntamos si está bien. Nos dice que sí, que sigamos nuestro camino, que ya nos alcanzara. Y nosotros, como idiotas, emprendemos el camino y esperamos, esperamos a que esa persona llegue pero nunca lo hace. Es ahí cuando entendemos que deberíamos haberla ayudado. Que deberíamos haber dicho que no seguíamos sin ella. 

Corremos, corremos en dirección contraria, buscando lo que nos hemos dejado atrás. En la lejanía somos capaces de verlo. Pero... espera, hay alguien más a su lado. Ya se ha levantado y sonríe, sonríe como nunca lo había hecho. Corremos, esperando que nos perdone y tropezamos y alzamos la mano queriendo que alguien la agarre. Pero comprendemos que esta vez estamos solos, completamente solos. 

Y es que no nos damos cuenta; necesitamos las dos manos para caer, para que sea menos doloroso. Necesitamos estar concentrados en hacernos el menor daño posible. Creemos que lo más seguro es levantar la mano, esperando, buscando ayuda. Pero estamos en un tremendo error. Lo que necesitamos es admitir que caemos y utilizar nuestras dos manos para la caída. Si quiere, la persona que está a nuestro lado solo tiene que agacharse y ayudarnos a levantarnos, no salvarnos de la caída. Ahí está la diferencia. Nos caeremos muchas veces, tantas que ya olvidaremos que duele. Pero debemos levantarnos (con o sin ayuda), sacudirnos el polvo, reír con lágrimas en los ojos y decir: "Pero mira que caída más tonta..."

4 canciones:

Buho Evanescente dijo...

hola! llegamos a tu blog y nos parece maravilloso, somos de la iniciativa seamos seguidores y nos encantaria que te sumes visitandonos en la morada del buho lector. gracias y saludosbuhos!

Sandra M dijo...

Hola Lucía!!
Como te dije en un post anterior, me gusta mucho cómo te expresas, así que espero poder seguir leyéndote porque da gusto hacerlo :D
Besos :33

Be Geeks dijo...

Hola!
Un texto precioso y muy cierto además. Estamos demasiado acostumbrados a depender de otros...Pensamos que pueden salvarnos, que pueden evitar que suframos, que TIENEN que hacerlo. Nos equivocamos de plano. Tener alguien ahí está bien, es agradable, y necesario para no sentirnos tan solos...Pero no es su deber. Solo de nosotros depende caernos y levantarnos cuantas veces haga falta. Si te quedas esperando por la ayuda de los demás, quizás nunca logres levantarte y superarlo...
Un Beso!

Celeste dijo...

Hola!!
acabo de llegar a tu blog y me encanta. Escribes muy lindo y con mucho sentimiento. Además es totalmente cierto lo que dices, no solo debemos poner las dos manos sino volver a levantarnos y sacudir el polvo para seguir.
Espero seguir leyéndote!

un beso

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