Tras las estanterías ~ Parte 2

miércoles, 12 de julio de 2017

La joven se quedó perpleja ante aquel comentario. ¿De verdad le estaba ocurriendo aquello? Ese tipo de situaciones no pasaban en la vida real. Ni mucho menos a ella. Sabía que llevaba pegado un cartel en la frente que advertía a futuros viajeros que no se acercasen a ella. No encontraba palabras algunas para responder a semejante confesión.

─ Ah…─ fue lo más lógico que salió de sus labios.

─ ¿Ah? ─ él agachó la cabeza, como si estuviera decepcionado─ ¿Qué significa ah?

─Ah significa… eso: ah─ se encogió de hombros─. No tiene más sentido.

─Pero le he hecho una confesión, creí que… habría otra reacción diferente.

─ Ah─ repitió pero esta vez fue porque había entendido a qué se refería con todo eso─. Era una broma. Muy gracioso. Ya sabía yo que esto no podía ocurrir en la vida real.

El joven se quedó en silencio, mirándola como si estuviera diciendo una auténtica estupidez. Reafirmándole sin palabras que estaba totalmente equivocada y que hablaba en serio.

─ Bueno… no sé qué decir─ dijo sentándose correctamente─. Es la primera vez que alguien me dice eso. Y es la primera vez que me lo dice un desconocido.

─ ¿Desconocido? Pero si nos vemos todos los días. Usted se sienta aquí y yo coloco los libros. Y, a veces, le atiendo en el mostrador para que se pueda llevar los libros prestados. ¿De verdad nunca ha reparado en mí?

─ No… lo siento. No me fijo en esas cosas. Además, ¿quién dice reparado hoy en día? Nadie habla de esa forma.

─ Bueno, digamos que soy un señor Darcy en una época equivocada.

Angélica frunció el ceño. Su idea de señor Darcy no tenía nada que ver con el joven que tenía delante. Darcy era un hombre hecho y derecho, con sus tantas virtudes que mantenía oculta porque el mundo le había hecho demasiado daño. Él no parecía ser así.

─ Entiendo. No sé qué puedo hacer por usted que logre complacerle─ comentó Angélica volviéndose a encoger de hombros.

─ ¿Me concedería una cita?─ le preguntó el joven mientras se ponía recto y le mostraba una sonrisa tímida.

─ ¿Una cita? ¿Cómo… de pareja?─ él asintió y ella hizo una mueca─. Puedo concederle una cita de amigo pero nada más. Además, ni siquiera sé su nombre.

─ Me conformo con la cita de amigo. Y Jaime, mi nombre es Jaime─ asintió con la cabeza y balanceó su cuerpo de un lado a otro─. ¿Mañana a las ocho de la tarde delante de la biblioteca?

─ Está bien. Nos vemos.

Jaime sonrió y se alejó con su carrito. No podía creer que hubiera aceptado una cita con alguien. Ella no era de esas. Ella no se interesaba por semejantes tonterías. Jamás en su vida había tenido una sola cita, con nadie. Siempre había rechazado a los chicos que se le habían declarado, que habían sido uno o dos como mucho. No entendía la obsesión tan tonta con el amor. No entendía por qué todos parecían estar tan metidos en esos asuntos.


Angélica continuó su libro pero llegó a un punto que casi le daban nauseas con lo que leía. Era demasiado para ella. Por favor, ¿cómo la gente se dedicaba a leer cosas de ese estilo? No le encontraba nada interesante a esas palabras puestas casi al azar para que sonaran medio bonitas.

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