miércoles, 17 de enero de 2018

Too close for comfort

El camino era silencioso. Ninguno de los dos hablaba. Ninguno de los dos se miraba. Él iba contemplando el mundo pasar tras la ventana mientras ella estaba concentrada en la carretera.

Él cerraba los puños con fuerza mientras mantenía sus brazos cruzados sobre su pecho. Luchaba para no dejar que las lágrimas salieran, se manifestasen. Eso era de cobardes. Eso solo le haría ver que le importaba. Y no, no quería.

Pero le importaba, joder. ¡Le importaba más que nada! Y ella había decidido cerrar la puerta cuando él creía que iban a durar para siempre.

¿Por qué? ¿Por qué lo había decidido de esa manera? Quizás había sido las pequeñas peleas que habían tenido a lo largo de su relación. O quizás el hecho de que él no le preguntase más. Que se dedicase a mirarla cuando ella se encogía sobre sí misma y se abrazaba las rodillas, esperando que él no notase que estaba llorando.

Se veía tan frágil, tan débil que siempre había tenido miedo de tocarla por si se rompía en pedazos. Ella nunca le contaba lo que sentía en su corazón, en cómo se partía en dos, en diez, en mil pedazos. Él siempre había querido saberlo. Siempre había querido entrar en su mundo, entenderlo y apoyarla en todo lo que pudiese.

Pero ella había decidido que era hora de cortar  todo de raíz, de despedirse de ellos. Y él no podía hacer más que arrepentirse de todos los errores que había cometido; pensaba en cómo podía haberlo hecho mejor, en cómo podía haberla ayudado y, lo peor de todo, en que no debía de haberse rendido cuando ella le aseguró que era una adiós.

Ya era demasiado tarde.

Ella aparcó delante de su casa, echó el freno de mano y miró hacia otro lado. La de veces que habían conversado en ese coche, la de veces que se habían besado. La de veces que la había deseado y amado con toda su alma. La de veces que se habían sonreído con timidez y él se había marchado porque sabía que ya sobrepasaba el toque de queda.  

Él se quitó el cinturón. No quería. Lo único que deseaba era arreglarlo todo, besarla y que volvieran a sonreír como hacía tiempo que no hacían juntos. Ahí, ahí radicaba todo su problema. Ya no sabía cómo hacerla sonreír, ya no sabía cómo lograr que le doliera la barriga de tantas cosquillas.

─ Es mejor así, créeme─ le comentó ella sin mirarle.

─ ¿Mejor para quién?─ No lograba entenderlo, le había roto el corazón. Le había destrozado y ella aseguraba que viviría más feliz por separado.  

─ Para ti. Con el tiempo, lo entenderás.

Él suspiró. Era imposible hablar con ella cuando estaba en ese estado. Se negaría a responderle cualquier pregunta más. Había notado ese temblor en su voz que le revelaba que no iba a ser capaz de pronunciar más oraciones.

Aun así, ella era muy valiente. No lloraba, no dejaba ver que le dolía mucho, demasiado. Él siempre había querido aprender de ella. Quería haber descubierto cómo lograba no llorar delante de los demás. Quería haber aprendido a sonreír cuando su mundo se le echaba encima. Ahora jamás lo sabría.

Abrió la puerta del coche y se bajó de él. Era la última noche. Era las últimas palabras que cruzarían. ¿Qué le podría decir? ¿Qué sería lo correcto en aquel caso?

─ Te quiero─ Fueron unas palabras que salieron casi de improvisto. Casi sin esperárselo. Él mismo se sorprendió pero es que estaba tan acostumbrado a amarla que ya no sabía qué significarían esas palabras si no se lo decía a ella.

─ Yo no.

Se quedó unos segundos en shock. Intentando procesar sus últimas palabras. Cerró de un portazo y vio el coche marchar mientras se metía las manos en los bolsillos de su chaqueta. 


No estaba loco. Lo había visto. Lo había visto en sus ojos: mentía. 

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