El tatuaje

sábado, 21 de febrero de 2015

Sonrió al mirarse su muñeca, era perfecto. No había nada en el mundo más bonito. Jamás había hecho algo semejante y menos por alguien. Él no era así, la locura del momento no era lo suyo. Prefería la rutina, la tranquilidad, nada que pusiera en riesgo su paz. 

Todo por ella. Por ella movería montañas, cruzaría ríos y mares para llegar hasta donde estuviese. Incluso mataría a cualquiera si así se lo pidiese. Había cambiado por ella, había dejado de lado a sus amigos porque ella lo había querido. Aun así, sabía que valía la pena. La adoraba, la amaba. No existían palabras en el mundo para describir sus sentimientos hacia esa joven que había cambiado su vida de la noche al día.

Llevaban siete meses juntos y cada minuto le parecía único, especial. Era cierto que se pasaban mucho tiempo discutiendo por tonterías pero acababan arreglándolo y volvían a empezar como si nada hubiese ocurrido. 

Le escocía un poco y la muñeca estaba roja pero, de igual manera, el nombre de su novia quedaba a la perfección en aquel sitio. Las letras en cursivas y de la tipología que a ella más le gustaba, con los rabillos al final de cada letra y ese grosos en negro que lo hacía aun más bonito. Seguro que se moriría de felicidad al ver un acto de amor como aquel.

Aquel frío día habían quedado justo en el parque que había visto el momento en el que se conocieron, su primera cita, su primer beso, su primera discusión... Había sido como uno más en la relación y lo seguía siendo. Era increíble como un lugar podía significar tanto siendo algo tan insignificante.  

─Hola, amor─ dijo tapándose la muñeca con la manga para que ella no lo viese aun─ ¿Qué tal?

─Bien─ le mostró esa sonrisa que tanto le encantaba─ Hay algo que quiero decirte. 

─Sí, yo también─ le comentó ampliando su sonrisa─ Deja que hable yo primero. 

Se remangó la manga de su camisa y le enseñó el tatuaje. Esperaba que la cara de su novia se iluminase o se volviese roja o que al menos que su rostro expresase algún sentimiento. Pero no obtuvo nada de eso. Neutralidad, una inmensa neutralidad estaba reflejada en su cara. Siempre se le había dado bien jugar al poker y esa cara era la típica que utilizaba para ganar las partidas, siempre la misma y ahora la estaba utilizando contra él. 

─Oh...─ fue lo único que salió de sus labios y al joven se le paró el corazón por unos segundos. 

─ ¿Solo oh? Vamos, dime lo que opinas─ le animó intentando no borrar la sonrisa de su cara para no mostrar lo débil que se sentía en ese momento. 

─Debía de hablar yo primero. De hecho, debía hablar contigo desde hace tiempo. Menuda tontería has hecho pero no me extraña, siempre haces las mismas gilipolleces una y otra vez─ le dijo sin siquiera una pausa para dejarle reclamar. 

─No entiendo. ¿Qué quieres decir?─ ya no podía mantener la sonrisa. Se avecinaba una tormenta, una gran pelea y todo por un maldito tatuaje. 

─Quiero decir que te dejo. Te dejo para siempre. Estoy harta de ti y de tus actos. Ya no te quiero, incluso te odio... Lo siento.─ la joven se levantó y comenzó a alejarse de él a grandes zancadas. 

─Pero... pero Victoria, yo te amo─ él la imitó y la persiguió unos metros hasta ver que ella casi echaba a correr. 

Él se quedó allí. Desamparado, con el corazón roto. La lluvia comenzó a empaparle pero al joven no le importó. Permaneció quieto, con una ilusión menos y un tatuaje que ya no podría borrarse y que había dejado de tener el mismo significado que hacía unos segundos. Ahora cada vez que se mirase la muñeca, sentiría cómo su corazón se volvía a romper y que jamás llegaría a curarse del todo.