El chico con la máscara de plato (parte 1)

viernes, 27 de mayo de 2016

La fiesta de máscaras era divertida. La música estaba a todo volumen, el alcohol corría a velocidades inimaginables y más de uno estaba en esa fase de alegría absoluta. Todo el mundo se lo estaba pasando bien. Todo el mundo menos yo. Claro que lo fingía muy bien pero había demasiada gente hipócrita para mi gusto. Yo estaba en un rincón, charlando con una chica que había decidido contarme sus penas sin ningún por qué. Estaba a punto de huir de aquella casa pero…

Entonces llegó él.

Llevaba un pantalón negro, un jersey de cuello vuelto naranja con mangas largas que ocultaban sus manos. Adornaba el look con unos tirantes. Y su máscara… bueno, era un plato de plástico con agujeros para los ojos y una sonrisa pintada. Entró en el salón, se le notaba incómodo. Anduvo hasta una silla del rincón y se sentó. Nadie había notado su presencia salvo yo. Me quedé observándole mientras la chica seguía hablándome del problema que estaba teniendo con su no-somos-novios-pero-nos-comportamos-como-si-lo-fuésemos o yo qué sé. 

─ ¡Juguemos a la botella!─ gritó uno en medio del salón.

La música se pausó y todos formaron un círculo. La chica con la que estaba hablando me arrastró hacia él a pesar de las negativas que le daba una y otra vez. Me fijé en el chico de la  máscara de plato; no se había movido de su sitio y su mirada estaba atenta a lo que pasaría allí.

─ Girémosla para ver quién empieza─ sugirió el chico e hizo girar la botella.

Ésta se puso en movimiento. Todos estaban expectantes. Bueno, yo estaba más pendiente de mi vaso y de mirar de reojo al extraño. Hubo un griterío y alguien me zarandeó. Desperté del ensueño en el que parecía haberme sumido y miré a la botella. Me apuntaba a mí… ¡Me estaba apuntando a mí! Yo no quería besar a nadie.

─Venga Blanca, gira.

─Pero yo no…

Empecé a hablar pero todos se quejaron y yo, finalmente, alcé mi mano para mover la botella. Recé para que no se parase frente a nadie, que me tocase a mí misma y se olvidasen del asunto. La botella iba deteniéndose poco a poco y… señaló al chico de la máscara de plato. Hubo un murmullo y el chico se quedó mirando la botella, confuso. Ahora parecía que todos habían notado la presencia de aquel extraño.

─Ya sabéis─ dijo el que inició el estúpido juego─. Cinco minutos en el armario. ¡Y queremos amor, eh!

Empezaron a empujarme. Al joven le obligaron a levantarse y parecía que no oponía resistencia alguna, quizá estaba demasiado confuso como para entender lo que de verdad estaba pasando. El armario era pequeño y oscuro. No tardaron en cerrar la puerta y puede escuchar claramente como echaban el cerrojo desde fuera. Resoplé. Nunca había estado con un chico en un espacio tan pequeño, casi me producía claustrofobia.

─Eh…─ no sabía qué decir ─. Yo n-no quería jugar a esto, me han obligado. ¿Tú tampoco querías, verdad?

Negó con la cabeza. Me quedé mirando sus ojos tras la máscara: eran azules claros y muy hipnotizantes. Él parecía estar atento a los detalles del armario como si no estuviera con nadie más. ¿Se dedicaría a hacerme el vacío hasta que pasasen los cinco minutos?

─ ¿Te lo estás pasando bien?─opté por preguntar. No podíamos estar cinco minutos allí encerrados en total silencio.

El chico meneó la cabeza de un lado a otro como si no se lo estuviese pasando ni bien ni mal. Lo entendí solo con aquel movimiento pero no entendía por qué no se decidía a hablar. Comprendía que fuese tímido pero tampoco para no hablarme. Yo notaba cómo mis mejillas ardían y seguro que estaba más roja que un tomate pero aquello no me impedía a hablar.

─ ¿Por qué no hablas? ¿Te ha comido la lengua el gato?─ el chico asintió y yo fruncí el ceño, algo preocupada─. Oh, perdona, no sabía que eso pudiese pasar.

Él se rio y eso me dio a entender que había sido una broma. Y que era una persona. No hablaba pero era una persona. Me quedé en silencio, esperando a que él fuese el primero esta vez en decir algo pero el tiempo pasaba y el silencio se hacía cada vez más incómodo.

─Me llamo Blanca, por cierto. ¿Y tú?─ ahí tendría que hablar sí o sí, no valía con un simple gesto de cabeza.

El joven me miró a los ojos y ladeó la cabeza. Estaba expectante por saber cómo sería su voz, cómo sonaría. Alzó las manos y comenzó a hacer gestos. Sabía lo que era, había visto muchas personas que lo interpretaban en la televisión: lenguaje de signos, pero no entendía lo que me intentaba decir.

─ ¿Eres sordomudo?─ era imposible que lo fuese. De hecho, negó con la cabeza y aquello me dejó aún más confusa de lo que estaba─. No entiendo, ¿por qué no hablas entonces? ¿Por vergüenza? 

Él asintió aunque no parecía demasiado convencido con su respuesta y eso hizo que mi cerebro se pusiera en marcha intentando entender el porqué de su comportamiento. Era extraño sin duda y no había visto nada así antes.  Abrí los labios para preguntar pero unos golpes se oyeron sobre la puerta.

─Parejita, vamos a abrir─ oímos que decían.

Él pareció alegrarse pero yo no tanto. Me intrigaba saber qué más había. Me intrigaba saber qué había a parte de una máscara hecha con un plato de plástico. La luz me cegó y salí del armario casi sin ganas. El chico se dirigió a paso lento al salón y yo me encogí de hombros al ver la mirada del que nos había abierto la puerta.

─ ¿Y bien? ¿Besa bien el nuevo?

─ ¿Qué?─ me quedé más con el hecho de que era “el nuevo”. Al parecer había ido los últimos días de clase en los que yo estaba cuidando de mi madre─ ¿Estás de broma, Hugo? No nos hemos besado.

─ Acabas de romper las reglas del juego. Debería decírselo a todos─ dijo con una gran y fingida indignación. Le lancé una mirada asesina, no se atrevería─. Si no respetas las reglas iremos muy mal. Así que os merecéis un castigo.

Hugo se acercó al grupo de gente que seguía en círculo y llamó su atención. Todos le miraron. Me pegué contra el resquicio de la puerta y esperé a ver qué estupidez se le ocurriría a mi compañero de clase.

─ No han cumplido con las reglas de la botella así que… debemos castigarlo─ hubo un gritería a favor de aquella propuesta y todos aplaudieron─ ¿Cuál será el reto?

─Yo lo sé─ dijo una alzando la mano como si estuviera en clase─. Deben colarse en el jardín del vecino y bañarse.   


─ ¡Adjudicado!─ gritó Hugo y todos se alegraron─. Traspasemos la fiesta al jardín para ver que cumplen con el reto. 

It's all I know (you)

sábado, 21 de mayo de 2016

La noche era fría, el viento se filtraba por su cuarto y ella no dejaba de moverse. Se incorporó casi de un salto y miró a su alrededor. Por un segundo había tenido un bonito sueño, por un segundo había imaginado que él estaba allí, arrodillado frente a su cama y susurrándole palabras dulces al oído.

Pero solo había sido un sueño, uno entre tantos. ¿Qué diferencia había del que había tenido la noche anterior? No había cambiado nada. Dio un rápido vistazo a la habitación por si él la acechaba desde la oscuridad. Nadie.

Se levantó de la cama y se puso sus pantuflas de conejito. ¿Por qué hacía tanto frío? Ah, la ventana estaba abierta. Pero ella recordó cerrarla, no solía dormir con la ventana abierta, era demasiado friolera como para eso.

Se acercó a cerrarla y, antes de hacerlo, se asomó al jardín delantero de su casa. Suspiró. La calle estaba vacía. Nadie tiraba piedras a su ventana para avisarla y convencerla de que se escabullera de noche. Nadie la esperaba en un coche justo al terminar la calle. Nadie la llamaba desde la cabina telefónica para que se asomara. Cerró la ventana casi de golpe. Todo había acabado.

Buscó su chaquetón y se lo colocó. Sí, era lo suficientemente largo como para que nadie notase que llevaba un pijama debajo. Se enrolló una bufanda al cuello y bajó las escaleras despacio, sin hacer nada de ruido. No se había cambiado los zapatos, total, no haría demasiada falta.

Cerró la puerta principal y salió  a la carretera. A esa hora no pasaba ningún coche por lo que podía ir tranquila. Aquello le hizo recordar los tiempos en los que él bailaba en medio de la calle, sin importarle si los coches le atropellasen. Claro que él estaba loco. Ella simplemente se reía y, en ocasiones, le imitaba.

¿Me concede este baile?” le oyó en su mente una vez más y una triste sonrisa asomó en su rostro.
Pero todo aquello había acabado, por culpa de él, por culpa de ella. No sabía por qué exactamente y era lo que más la atormentaba de todo. ¿A quién podía culpar de su separación? ¿Por qué había ocurrido?

¿Me quieres?” le había preguntado ella en apenas un susurro justo cuando el reloj había marcado las dos de la mañana.

¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Qué si te quiero?” él había alzado su ceja y la miraba medio divertido “Lo siento, quería fingir pero no hay nada en el mundo que me haga decir que no.

Qué cursi. Hubiera bastado con un mero sí” le había replicado ella a lo que él la atacó con cosquillas.

Qué tiempos aquellos. Entonces, ¿por qué? Él la quería, ella le quería. ¿Qué más hubiera hecho falta para que hubiese acabado bien? Ella prosiguió su camino por la calle, pensando en todo y en nada. Pensando en él y en lo que se habían convertido. Ella que nunca pasaba noches en vela, ahora era incapaz de dormir. Sabía dónde encontrarle e iría allí sin dudarlo. Sus pies le habían guiado hasta él. Se detuvo delante y le mostró una media sonrisa.

─ Hola, ya sé que prometí que no te vería en meses pero… no he podido evitarlo─ se sentó sobre el césped y le miró─. Solo quiero saber por qué, por qué lo hiciste. Tú, yo, éramos perfectos. No lo entiendo. Trato de buscarle un sentido a todo pero no hay nada, nada que me dé una respuesta. Separarte de mi lado no ha sido lo mejor que podías hacer. Sé que decías que no eras bueno para mí, que me merecía a alguien mejor. Pero, joder, soy lo suficientemente mayor como para saber quién me conviene y quién no. Y resulta que tú eres la persona que más feliz me hace en el mundo... Eras. Me rebajo a esto porque ya no sé qué más hacer. Dime, ¿qué hago? Tú  me guiabas por el buen camino y ahora… estoy perdida en la oscuridad. Solo necesito un por qué. Quiero las respuestas que me has negado a darme y, quizá, podré seguir adelante, podré pasar página pero ahora mismo no… no puedo─ la joven se limpió las lágrimas que recorrían sus mejillas─. No sabes cuánto te quise, cuánto te quiero. Siento que debería habértelo dicho todos los días. Así quizá tú... tú no te hubieras... Ojalá pudieras estar aquí para oírlo.  

Ella se acercó y besó la tumba del chico. Se levantó con cierta dificultad y se alejó de allí a paso lento, como si a cada centímetro que se alejaba de aquel lugar, dejase un trozo de su alma, ya rota, con él. 

Bridge's blood

miércoles, 4 de mayo de 2016

Siempre es tranquilizante pasear por el bosque de noche. El hecho de que vaya arrastrando un cuerpo debería ser irrelevante. Yo no soy de los que van haciendo estas cosas pero, por alguna extraña razón, me veo con la obligación de enterrar este cuerpo y eliminar todas las pruebas, otra vez.

Y todo empezó hace unos años cuando Stuart nos retó a mi amigo John y a mí a saltar desde el puente. Era solo un juego de chavales pero el reto nos parecía muy importante en aquel entonces. Así que John y yo nos colocamos al borde del puente, con el río corriendo bajo nuestros pies, aunque no lo pareciera era muy profundo. Cerramos los ojos y saltamos sin pensarlo más. El agua estaba fría. Casi me ahogo, casi nos ahogamos. Mi madre nunca quiso admitir que la culpa fue del reto. Me castigó después de todo: dos meses sin tecnología.

El que nos retó tenía que pagar por lo que había hecho. Me reuní con él tras el patio del colegio. John me acompañó. Empezó entonces una discusión, Stuart y yo gritándonos sin motivos suficientes. Solo había sido un juego de niños.

John se acercó a Stuart y le empujó, yo traté de detenerle pero mi cuerpo no reaccionaba y me quedé allí, mirando cómo pegaba a Stuart una y otra vez solo como venganza por lo que nos hizo que, al fin y al cabo, no fue algo tan grave ni siquiera fue su culpa.

Cuando descargó toda su furia, se separó de él, cubierto de sangre. Se giró y me miró, asustado. Me pidió que no contara nada, que quemara su ropa y la mía- algunas gotas habían manchado mi camisa. Me pidió, casi llorando, que cubriera sus huellas. Me acerqué a Stuart, y le tomé el pulso: estaba muerto. Retrocedí unos pasos y le miré, sorprendido. Accedí como un tonto a lo que me decía. Le cubrí, nunca encontraron al asesino de Stuart. John era genial con la violencia y yo tapando huellas.

Así pasamos los años, John elimina del mapa a todos los que me dañan y yo limpio su suciedad. No sé cómo no nos han pillado ya. Aquel pobre hombre era el último: un profesor de universidad que me suspendía y me criticaba siempre.

John no trabaja. John no estudia. No sé a qué se dedica en su tiempo libre, no sé a dónde va. No sé nada de él, solo sé que es mi mejor amigo desde la infancia y que es por eso que le tengo que ayudar incluso cuando hace cosas como aquellas.

Mi móvil suena justo cuando acabo de enterrar el cadáver. Frunzo el ceño al ver que se trata de mi madre.

¿Qué ocurre?le pregunto, es tarde, suele estar dormida a estas horas.

¿Dónde estás? Acaban de llamarme, han encontrado una coincidencia en el caso de Stuart.

¿Tras tanto tiempo? han pasado ocho años desde aquello. ¿Pillaran a John ahora, en nuestro primer crimen?

Sí, ha coincidido con tu ADN.

¿Qué? Yo, yo no lo hice le digo a mi madre para quitarme la culpa.

Está allí, tu ADN está allí siento cómo me recrimina, cómo está dolida y sorprendida. No logra comprender cómo su hijo tan perfecto puede estar metido en algo tan cruel y mezquino.

¡No fui yo! ¡Fue John! le grito. En el bosque nadie puede oírme.

¿John? ¿Qué John?

Mi mejor amigo, mamá. Mi amigo de la infancia de toda la vida.

John murió, hace mucho tiempo. Justo antes que Stuart. ¿No lo recuerdas? Os tirasteis de aquel puente y él no volvió a salir más. Tú te pasaste dos meses en el hospital.

No, no podía ser cierto. Mi madre tenía que estar mintiendo. John no podía haber muerto. Yo le veía. Yo hablaba con él, habíamos crecido juntos y éramos dos jóvenes que se querían comer el mundo. Tiro el móvil contra el árbol más cercano y veo cómo se rompe en mil pedazos igual que lo está haciendo mi vida en este instante. ¿Dónde está John en este momento? ¿Por qué siempre tenía que resolver sus problemas?

─¡John! grito para que me oiga, esté donde esté ¿Por qué? ¿Por qué me haces esto?

Mi madre tenía que estar mintiendo. Mi madre debía estar en un error y se debía haber confundido de John. Pero él fue quien saltó conmigo aquel día, casi nos ahogamos. Casi… Casi nos ahogamos. Dos meses sin tecnología, dos meses en el hospital. ¿Por qué no recuerdo aquel momento? ¿Por qué mi mente lo ha decidido borrar? Cierro los ojos y me llevo las manos a la cabeza. Recuerda. Recuerda.

Para la voz de John resuena cerca, muy cerca de mí. Siento su mano apoyándose en mi hombro. Para. Lo estás empeorando todo. Esto no es lo que quieres. No quieres saber la verdad.

Recuerda. Recuerda. Recuerda. Vamos, recuerda esos momentos que tu mente bloquea. Estamos sobre el puente. Nos miramos. Saltamos. El agua entrando en mis pulmones. El agua asfixiándome cuando a veces me da la vida. El aire escapándose de mi vida. La vida corriendo a un ritmo acelerado y yo sin poder alcanzarla. Pero lo hago. La alcanzo. Dos meses. Meses de depresión. Meses de furia, de rebeldía, de llantos. Y meses de olvido.

Yo soy solo el que recuerda me susurra John con cierto tono de odio instaurado en su interior. Yo soy quien pega, yo soy quien mata. Yo tengo los recuerdos que no sabes que existen.
Sangre. Veo sangre. Oigo gritos desgarradores. Siento cómo el cuchillo se hunde sobre la carne. Y lo peor de todo, me veo a mí. A mí mismo apuñalando, pegando, matando. Acabando con la vida de los que me han hecho daño pero John no está. John no está en esos recuerdos.

No. No me repito una y otra vez

Sigo con los ojos cerrados, sigo intentando asimilar lo que mi cerebro ha recordado. Todas esas vidas recorriendo mis manos. Todos esos corazones que han dejado de latir por mi culpa. Por la culpa de John. John siempre fue una mala influencia. John siempre me dijo qué había que hacer en estos casos. Estúpido John. Estúpido John que no se fue de mi lado cuando tuvo que hacerlo. No le dejé marchar. Pero hoy puede ser el día. Hoy puede ser el día en el que le despida para siempre.

Corro. Corro fuera del bosque. Recorro las calles vacías de la ciudad. Nadie me ve. Nadie me oye. Pero yo estoy gritando, gritando en mi interior por toda la culpabilidad, por la sensación de libertad que sentía al recordad esos momentos. Por saber que disfruté matando a todas aquellas personas, por ver que una sonrisa había salido de mis labios cuando la sangre manchaba mis manos y mi rostro.


Aquí estoy. Donde todo empezó. Donde todo debe acabar. John me grita. John trata de detenerme. Si yo me voy, él desaparecerá también. No quedará a nadie más quien culpar. Nadie irá a la cárcel por los crímenes de Stuart, de Emma, de Robert, de Rachel, de la señorita Baxendale o del señor Skeen. Recuerdo por última vez la sensación; esa sensación de estar vivo.  La sensación de tener el mundo bajo tus pies y que no te importe nada más.