La reina de Emendil (parte 2)

jueves, 30 de junio de 2016

El joven miraba desde la ventana del castillo, la ciudad se ofrecía bajo sus pies pero no sentía esa emoción que le decía que estaba en el lugar correcto. Le dio la espalda a las vistas y se concentró en la habitación. Colores neutros y un gran espacio que era ocupado por una cama de matrimonio, armarios, alfombras y algún que otro sitio para sentarse. A partir de la semana que viene, aquel lugar sería su hogar pero no era capaz de empezar a pensarlo como tal.

Pegaron a la puerta y él se irguió mientras se dirigía con rapidez a uno de los sillones y fingía leer un libro que le habían dejado en la mesita con anterioridad. Dio la orden de que podía pasar y un grupo de personas entraron en el lugar. Demasiadas personas para su gusto.

Príncipe Lebran dijo uno con timidez pero no terminó la palabra cuando ya lo estaban regañando. Perdone, rey Mith.

Lebran se llevó las manos a la cabeza. Odiaba todo aquello. Él era el príncipe de Mabareth, un reino que estaba bastante cerca de Emendil. Desde su infancia, el compromiso entre la princesa Mith y él había estado pactado. Pero claro, aquel acuerdo siempre había llevado unas condiciones más que claras. El antiguo rey de Emendil se avergonzaba de su primogénita y le había hecho creer a sus súbditos que era un varón lo que había nacido. Todos celebraron la dicha y la princesa se vio obligada a no salir a la calle por miedo a que la farsa pudiera ser descubierta. Diecinueve años había pasado recluida entre aquellas paredes. Dos años atrás, el rey falleció y ella fue coronada reina.

El carraspeo lo hizo volver a la realidad. Miró a los guardias y a las demás personas y les dedicó una tímida sonrisa. Se había perdido en sus pensamientos. Aquella farsa le ponía realmente enfermo y, además, los más cercanos a la reina parecían no estar muy contentos al saber que la reina iba a seguir con un papel secundario.

¿Qué ocurre? preguntó por fin Lebran y esperó a que alguien se dignase a responderle.

El traje, señor.

Las flores para el decorado.

El párroco.

Los asientos para los invitados.

El banquete.

Lebran levantó su mano y todos se callaron casi de inmediato. No sabía si le odiaban o se sentían intimidados por su presencia. Su padre era conocido como un ser cruel que trataba a sus súbditos como si fueran meros objetos y habían pensado que él sería igual. Las habladurías eran demasiado afiladas.

Nos encargaremos de los preparativos después, ahora quiero hablar con él dijo señalando al guardia que había saludado en la muralla el día anterior.  

Las personas que había en la habitación se fueron dispersando poco a poco hasta que solo quedó el príncipe y el guardia. Lebran se sentó y pidió al guardia que hiciera lo mismo. Éste rehusó la idea y se quedó de pie, en posición.

─¿Qué desea mi señor?

Con que ahora es mi señor, ¿eh? Creí que eras mi amigo.

Lo era. Pero estaba seguro de que detendría a la reina en esta absurda pantomima.

¿¡Crees que no lo he intentado!? se levantó casi de un salto al escuchar sus palabras ¿Sabes cómo es ella cuando se enfada? ¿Has lidiado con ella alguna vez?

Lo sé, señor, pero esa no es excusa. Me hizo una promesa y no la ha cumplido Lebran no respondió, sabía que estaba en lo cierto pero debía entender su postura también. El guardia relajó su expresión y se acercó un poco a él. Usted ha pasado casi toda su vida cubriendo a la reina, llevándose sus méritos y coronándose ante el pueblo, ¿cree que es justo?

No, no lo es. Por si no lo sabes, yo tampoco tuve opción. Mi padre me obligó a seguir con la farsa de su gran amigo. Puede que vosotros tengáis a una reina que ordene pero yo tengo a un padre y créeme que no se puede luchar contra eso.

Si la amase tanto como dijese, habría detenido esto antes de que llegase a más sobrepasó la distancia de seguridad y el príncipe dio un paso hacia atrás, chocándose con la mesita.

Sus palabras le enfurecieron, ¿cómo se atrevía a poner en duda sus sentimientos? La conversación empezaba a acalorarse y no quería imaginar cómo acabarían si no se detenían pronto. Pero debía contraatacar, tenía que proteger su honor, su dignidad. Apretó los puños para no perder los nervios.

¿Si la amase tanto? ¿Dudas de mi afecto hacia la reina? sabía la respuesta pero quería escucharla. Quería escucharla porque sabía qué era lo que estaba ocurriendo, lo que pasaba por la cabeza de aquel guardia.

Sí, lo dudo enormemente replicó el guardia en tono solemne.

Lo dudas rio amargamente. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar? ¿Cómo negarle algo a esa dama? ¿Cómo pedirle que renuncie a sus ideales y sus principios simplemente porque no lo ves correcto? ¿Cómo cortarle las alas y encerrarla de nuevo haciendo cosas que no desea hacer? ¿Enfrentarla a sus súbditos de esa manera? Nadie la pondría en una situación semejante.

Ella lo entendería… mentía y ambos lo sabían. Yo, si estuviera en su lugar, no permitiría que la reina se infravalorara de esa manera. No permitiría que sufriese porque, usted no lo sabe pero, tras esa sonrisa se esconde un gran dolor.

Lo sé. Si no, ¿por qué no me dejaría verla a la luz del día? Sé de sobra por lo que está pasando pero no pude actuar en el momento en el que se marchó de aquella forma ¡con mi caballo!

Entonces, ¿la recibirá como princesa de Mabareth, señor? preguntó el guardia sin atreverse a mirarle a los ojos.


Así es pero te prometo que será la última vez que la llame de esa manera. 

La reina de Emendil (parte 1)

martes, 21 de junio de 2016

El caballo se detuvo frente a la entrada de la muralla. El jinete descendió, tuvo que esperar unos segundos; sentía las piernas doloridas de pasar tanto tiempo cabalgando. Se acercó a uno de los tres guardias que vigilaban y le sonrió.

─ Cuánto tiempo sin verte─ el guardia se acercó para estrecharle la mano─ ¿Ha sido un buen viaje?

─Muy tranquilo, a decir verdad. ¿Está todo listo?─ preguntó girando su cabeza hacia los lados para ver si había alguien más que no debiera escuchar sus palabras.

─Sí, además, hay alguien que quiere verte─ le dijo casi en un susurro─. Sabes ya dónde te espera.

─Por supuesto─ dijo alejándose de su compañero─. Abridme las puertas si sois tan amables.

Los dos guardias restantes le contemplaron con un poco de recelo pero, finalmente y tras la orden de su tercer compañero, abrieron las puertas y dejaron pasar al jinete que tiraba de su caballo.

La ciudad apareció ante él con todo su esplendor. Por suerte, pasaba totalmente desapercibido con las ropas que llevaba y aquel sombrero. Algunos aldeanos se quedaron contemplando al recién llegado pero él mismo sabía que sería solo tema de conversación durante un par de horas. “Solo un mercader extranjero” sería la conclusión final que comentarían entre todos. Eran tan predecibles que ya ni se sorprendía de los susurros ni de las risas que se formaban cuando pasaba a su lado.

Él siguió su camino sin establecer contacto con nadie, a parte de su caballo. No supo por qué pero tuvo que detenerse un par de veces para hablarle antes de llegar a su destino. Estaba nervioso y eso solo era un puro reflejo de los sentimientos de su amo.  A veces el caballo era demasiado parecido a él y eso llegaba a asustarle.

Se detuvo ante aquella herrería vieja y polvorienta. Sonrió. Había llegado a su destino. Dejó el caballo amarrado y decidió acercarse a la puerta. Pegó cuatro veces y, tras dos segundos, pegó una vez más. La puerta se abrió. Desde su posición, podía ver la oscuridad del lugar, el polvo y la humedad que se acumulaban en los rincones pero eso a él no le importaba. Tomó todo el aire que pudo, echó un último vistazo a su caballo que sacudió su cabeza- como si diera su consentimiento- y entró, cerrando la puerta tras de sí.

El lugar se quedó en la total oscuridad, ni por las ventanas entraba una pizca del radiante sol. Sacudió su cabeza, quitándose el sombrero, y colocó las manos en la cintura. Aquello era de risa.

─¿Seguiréis jugando a este juego toda la vida? ─ parecía que le estaba preguntando al aire pero él sabía que había alguien más allí─. Me merezco algo mejor que esto.

─¿Qué tiene de malo este lugar?─ la voz procedía de algún rincón de la herrería y él intentó avanzar, buscando el cuerpo al que pertenecía─. La gente no le interesa una herrería medio abandonada, nunca entrarán aquí.

─Oh─ le contestó siguiendo con aquel juego que parecía ser el ritual de siempre─, no subestimes la curiosidad humana.

Estaba cerca, lo sabía y su acompañante también. Estiró las manos y dio con lo que estaba buscando. Lo reconocería en cualquier parte; era la tela de aquel vestido que tan loco le volvía. Sonrió y supo que ella también lo hacía.

─No quiero esconderme más. Queda un par de días para─ hizo una pausa, la palabra casi hace que su corazón se saliera del pecho─ el compromiso. No puedo seguir así. Ropas viejas, un lugar lleno de polvo... No estamos hechos para este mundo.

─Tendrá que aguantar. Yo no me puedo permitir esto. Es algo superior a mí.

─¿Perdone? ¿A caso es una locura?

─Sí, sí que lo es─ el joven frunció el ceño y carraspeó, no podría soportar semejante situación por más tiempo.

─¡Ni siquiera puedo verla a la luz del día! Siempre escondida en este sitio de mala muerte.

─¿Quiere bajar la voz?─ le suplicó ella alzando las manos, o eso le pareció que hacía─. Sí, toda mi vida me he estado escondiendo pero es por una razón más que buena.

─Explíquemela, quiero saberla con lujo de detalles. ¿Por qué ocultarnos más?─ sus ojos se empezaban a acostumbrar a la oscuridad pero no podía ver más que la silueta de su rostro y de su cuerpo.

─¿Qué pensaría la gente? Estarían destrozados. No superarían el golpe y se enfurecerían.

─Debe estar bromeando─ respondió con cierto sarcasmo.

─No, mi padre, que en paz descanse, sabía lo que me esperaba e hizo todo lo posible para protegerme.

─Es de locos. Nadie se merece ese estilo de vida y menos usted.

Mientras hablaban, él iba dando pasos hacia adelante, acorralándola poco a poco contra una esquina. Sabía que no estaba bien pero también la conocía e intentaría escapar en medio de la conversación, al igual que había pasado con anterioridad.

─Llevo toda la vida así y no pienso cambiar ahora. Sería una deshonra para los míos y para mi padre─ estaba a punto de llorar, a él no le engañaba.

─¿Así que espera que yo me lleve la gloria de todo esto?

─Es lo que deseo. Y ahora, ¿está todo listo?

─¿Pretende que deje el tema así? ¡Qué importa! Dígame, ¿¡qué importa!?

─Déjeme. Es mi voluntad y es como lo ordeno ─logró escapar de su cárcel y se dirigió hacia la puerta.

─Majestad, por favor─ atrapó su fino brazo e intentó hacer que se girase pero ella era más fuerte de lo que podía parecer.

─Princesa si no le importa. Princesa de Mabareth─ contra todo pronóstico, se deshizo del agarre pero no salió por la puerta como él había predicho.

─ ¡Ese es mi título!  Reina de Emendil, por favor─ le recordó de donde procedía y lo que era, lo que significaba para el pueblo.

─ La conversación termina aquí. Llegaré a la ciudad el día previsto y la celebración se hará como se ha ido planeando hasta ahora. Nada ni nadie─ remarcó aquella última palabra─ podrá estropearlo, ¿entiende? Acostúmbrese al castillo y a la vida en él porque eso es todo lo que conocerá a partir de ahora.

Ella salió decidida por la puerta y él, sin dudarlo y sin importarle su opinión, salió tras ella. La joven reina era rápida y ya se había montado en su caballo, ese al que tanto amaba. Comenzó a correr antes de que ella ordenase al caballo a ponerse en marcha. Corrió tras ella, sin descanso, sin percatarse de las miradas que le seguían muy de cerca. Corrió pensando en que no podía dejarla escapar, no de aquella manera. Lo intentó con todas sus fuerzas y llegó hasta las puertas con una leve distancia de diferencia. No, los guardias lo apresaron antes de que pudiera seguir corriendo. De todas formas, ¿qué iba a conseguir él con aquello?

─ ¡Mith, por favor!

El guardia lo retenía y él ya no tenía fuerzas para luchar. Se dejó caer al suelo, rendido por fin. Pero decidió que aquello no iba a ser su final. No, su historia no iba a acabar de aquella manera.

El chico con la máscara de plato (parte 2)

martes, 14 de junio de 2016


Así que allí estábamos. Todos en el jardín de la casa. No bastaba con que nos metiésemos en una piscina de agua totalmente helada sino que también teníamos que invadir la propiedad del vecino. Miré al chico que seguía igual de confuso que lo estaba desde su llegada. O eso creía porque se veía demasiado tranquilo como para la locura que íbamos a hacer. Todos nos miraban, expectantes. Carraspeé y le hice un gesto con la cabeza.

─ ¿Estás listo?─ él asintió enérgicamente y eso me hizo sonreír─ ¿Estás seguro? Esto es una locura.

Asintió a la pregunta y se encogió de hombros al oír la afirmación. Fue él quien se acercó a la valla y fue él el que me pidió que me acercase para ayudarme a saltar. Coloqué mi pie en sus manos para poder saltar con más facilidad. No resultó ser demasiado complicado. La valla era de madera y no demasiado alta. Salté al otro lado. Solo las luces de la piscina me daban una idea de dónde me encontraba. Escuché cómo algo caía a mi lado y vi al chico tirado en el suelo. Estiré mis manos para ayudarle a levantarse.

─ ¿Estás bien?─ le susurré a lo que me contestó con la típica afirmación de cabeza─. Venga, acabemos con esto de una vez.

Nos colocamos al borde de la piscina y la miramos. El agua estaba serena, ni la leve brisa parecía alterar su apacible letargo, eso sí seguro que estaba helada. Se escuchaban leves vítores de nuestros compañeros que nos observaban desde la valla. Agarré su mano e inspiré todo lo que pude.

─A la de tres nos tiramos─ le comenté y él pareció apoyar mi idea─. Una, dos y… tres.

Saltamos al agua sin pensarlo más. No me resistí al hundirme, el agua estaba demasiado fría pero parecía que no nos importaba. Abrí los ojos aún en el fondo y miré al chico, le sonreí. No supe si él me regaló una sonrisa tras su máscara pero intuí que sí. Nadé hacia la superficie, notaba que me quedaba sin aire. Al apreciar la brisa me entró aún más frío. No me creía que hubiese hecho una locura semejante. Me sentía eufórica.

Por raro que pudiera ser, la noche estaba demasiado tranquila, no parecía que nadie estuviera observándonos tras la valla y de hecho, era eso lo que estaba ocurriendo. Nadie estaba allí para vernos.

Vimos cómo la luz del jardín se encendía. Mi corazón comenzó a latir deprisa. El dueño de la casa nos pillaría e iríamos a la cárcel. El chico de la máscara me miró y comenzó a empujarme suavemente para que saliera de la piscina. Mi primera intención fue saltar de nuevo la valla pero él me escondió tras un seto y se quedó allí de pie, tapándome. Un señor apareció con su bata azul y sus pantuflas a juego. Su vista se clavó directamente en el chico y frunció el ceño, se notaba disgustado. Él iba a recibir una bronca por mi culpa.

─ ¿Matías?─ pude ver cómo el hombre le saludaba─. ¿Qué haces aquí? Creí que habías ido a la fiesta.

Él asintió y el hombre se quedó extrañado, examinó su ropa toda empapada y parecía que empezaba a comprender lo que estaba pasando.

─ ¿Has bebido?─ el chico negó con la cabeza─. No me mientas. Yo a tu edad también bebía a escondidas de mis padres. No debes avergonzarte.

Fruncí el ceño. ¿Había escuchado bien? ¿Su padre? ¿Acabábamos de asaltar la casa del padre del chico? Eso casi me hacía reír pero logré mantener la postura mientras intentaba no llamar la atención en aquel seto.

─ Me alegro de que por fin decidas adentrarte en la sociedad. La verdad que cuando tu madre me dijo que te vendría bien un cambio de aires… No sé. Quítate esa máscara, así no hay quien se concentre─ Matías hizo lo que se le pidió y miró a su padre─. En serio, me gusta ver que vas a intentar ser normal. Vuelve a la fiesta y diviértete.

Me quedé atónita al oír esas palabras. No entendía lo que tenía él de raro, aparte de que no hablase que parecía que ni con su padre se atrevía. Le miré desde mi posición, me entraban ganas de salir de mi escondite y decirle un par de cosas. El hombre se dio la vuelta, decidido volver a casa para dormir pero unas palabras le detuvieron.

─ Y-yo n-no s-soy n-normal, p-papá. Nunca l-lo seré

Se me encogió el corazón  al escucharle hablar por fin. Aquellas palabras serían las que yo misma hubiera escogido si alguien me decía lo mismo. Su voz era tan dulce y relajante. No entendía por qué no se había decidido a hablar más, era como una voz que escuchas en la radio a altas horas de la noche y que te invita a dormir. Claro que el tartamudeo era lo único que le fallaba pero no lo veía como algo tan grave.

El hombre se encogió de hombros y se despidió de su hijo, apagó la luz del porche y cerró la puerta con llave. Yo me quedé allí agachada unos segundos más hasta que Matías se giró y se colocó a mi altura. Ya no llevaba la máscara y podía verle el rostro por primera vez. Sin duda, los ojos eran lo que más destacaban de su rostro e iba a juego con su tono de piel que era bastante blanco.

─ P-perdona, m-mi padre es b-bastante pesado─ me dijo con una media sonrisa y sin atreverse a mirarme a los ojos.

─ Por un momento creí que eras mudo─ fue lo único que pude decir, cosa que le hizo bastante gracia─. No entiendo por qué no querías hablar, tienes una voz muy bonita.

El joven me dedicó una mirada que decía claramente: “¿en serio? ¿No has notado mi gran fallo?” Noté cómo mis mejillas empezaban a arder y aparté la mirada. Me acaba de dar cuenta de lo que le había dicho.

─ ¿Qué? Es verdad. No es algo como para no querer hablar.

─ T-tú n-no lo v-vives. N-no sabes c-cómo es que se b-burlen de ti─ sonreí tristemente ante aquel comentario.

─ Claro que lo sé─ nos levantamos del césped, dolía ya estar tanto tiempo en cuclillas─. Siempre se han burlado de mí, desde el colegio hasta el antiguo instituto. Pero en este no… De todas maneras, no les tienes que hacer caso, ¿qué importa si ni siquiera son tus amigos?

─Y-ya─ me dijo pero no lo vi demasiado convencido con mis palabras. Suspiré, me deshice de mi máscara y le intenté transmitir seguridad con una sonrisa.

─ Además─ alzó la vista tras aquellas únicas palabras después de unos segundos en silencio. No apartó la mirada como solía hacer sino que se quedó contemplando mi rostro─, se acobardaron cuando vieron que tu padre nos encarcelaría.

─ Tú t-también te asust-taste─ se rio tras aquella frase y yo me hice la indignada pero acabé contagiada por su risa.

─ Es cierto, pero juro que no volverá a pasar─ dije alzando mi mano como si fuera una promesa─. Oye, ¿por qué no nos vamos a otro sitio? Esa fiesta me estaba agobiando ya y, además, todos están dentro de la casa, no nos echarán de menos.

─ E-es una idea f-fantástica. P-pero deja que e-empecemos de n-nuevo─ dijo y extendió su mano hacia mí─. H-hola me ll-llamo Matías.

─ Un gusto Matías, yo soy Blanca─ permanecimos unos segundos en silencio, él se miraba los pies y yo mantenía mis ojos altos. No sabía qué hacer ni qué decir, las manos me sudaban y la garganta se me había quedado seca, ¿qué me estaba pasando? Bajé las vista hacia mis manos y me volví a colocar la máscara─. Venga, vámonos.

Al verme con la máscara puesta no pudo evitar mostrarme una sonrisa. Él imitó mi gesto y se colocó su máscara de plástico que, si bien había logrado borrar parte de la sonrisa con el agua, aún mantenía ese aire entre inocente y algo siniestro. Comencé a andar sin esperar a que él me siguiese, sabía que lo haría. Y así, nos alejábamos poco a poco de toda esa fiesta en la que ninguno de los dos lográbamos encajar del todo.