Tras las estanterías ~ Parte 4 (Final)

miércoles, 19 de julio de 2017

Conforme subían las escaleras del piso, su corazón iba latiendo cada vez con más fuerza. Él iba por delante de ella, guiando todos y cada uno de sus pasos. Dejaba que la bolsa en la que llevaban los gofres se moviese con cierto ritmo y alegría. Sí, parecía bastante feliz. ¿Pero ella? Ella estaba totalmente atacada. Jamás, y cuando decía jamás era jamás, había entrado en la casa de un chico. Los primos y los hermanos no contaban.

El joven se detuvo delante del número 24. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó las llaves que resonaron, felices de por fin servir de utilidad. La puerta se abrió y él entró, secándose los pies en el felpudo que decía algo así como “bienvenido”. Angélica se quedó totalmente paralizada. Desde su posición podía ver el salón de la casa: un sitio pequeño pero muy cuco a decir verdad. Había un sofá de color crema de dos plazas y varios sillones del mismo color. Una gran estantería se postraba frente a estos. No había televisión alguna. También, desde donde estaba, podía apreciar la cocina diáfana que conectaba con el salón con una pequeña ventana para poder conversar con los invitados.

Jaime dejó las bolsas sobre la encimera de la cocina y la miró desde allí. Una sonrisa se formó en su rostro y Angélica se aferró aún más a su pequeño bolso. No, no podía hacer aquello. Si daba un solo paso más, estaría sentenciandose a una muerte segura. No conocía demasiado a Jaime, ¿y si era un asesino en serie? ¿Un secuestrador de jóvenes? No podía ni imaginarlo…

─No se quede ahí. Vamos, entre.  Juro que no muerdo.

Seguro que sí. No se fiaba de sus palabras. Entonces, si no se fiaba, ¿cómo era que sus pies se movían y estaban entrando en el pequeño piso? ¿Cómo era que su mano se dirigió a la puerta y la cerró tras sus espaldas? No, no. Angélica debía de haber perdido el juicio en aquel mismo instante.

─ Puede dejar la chaqueta en el perchero. Póngase cómoda, como si estuviera en su casa─ le dijo él mientras cogía platos y vasos de un estante que no llegaba a ver.

Como en casa” eso era fácil de decir. Dejó el bolso y la gabardina sobre el perchero y se aventuró a acercarse a la estantería. Sonrió al ver los diferentes títulos de los libros. Paseó su vista por ellos y se hizo una lista de cuáles había leído y cuáles no. Se detuvo ante uno con la tapa azul marino, unas letras doradas sobresalían en el lomo. Paseó sus dedos por el título y cerró los ojos, sintiendo la suavidad del mismo. Aquel libro le llamaba, lo sabía.

─ Ya veo que se ha fijado en ese…─ la voz de Jaime le asustó e hizo que se girase bruscamente. A punto estuvo de tirar una taza de leche. El joven se la ofreció─. ¿Le interesa? Puedo prestárselo si quiere.

─N-no, no hace falta─ agachó la cabeza y miró cómo el líquido se movía formando perfectas ondas.

─ En serio, puede llevárselo. Nunca hay que decir que no a un libro que le llama. Ya me lo devolverá.

Ahí tenía que darle la razón a Jaime. Se acercó a él, quien ya se había sentado en el sofá, y se unió para probar el gofre que habían comprado.  Estaba bastante bueno a pesar de que estuviera un poco frío. No le importó. Ambos comieron en silencio, no era un silencio que se necesitaba cortar en cualquier momento. Todo lo contrario. El silencio era de lo más cómodo y ella lo agradecía; le ayudaba a pensar con mayor claridad. Sin embargo, Angélica ignoraba todas y cada una de las miradas que Jaime le dedicaba, estaba demasiado absorta en su mundo.

─ Estaba rico, ¿no?─ dijo Jaime por fin, echándose sobre el respaldo del sofá. Ella asintió, sus músculos se tensaron y no se atrevió a mirar al joven─. Muchas gracias por lo de esta noche. Jamás pensé que… bueno que usted iba a aceptar una cita conmigo.

─ No hay de qué. Lo he hecho porque se lo prometí, nada más.

─Una pena, ¿no?

El joven se volvió a sentar correctamente, colocándose más cerca de ella. Su mano buscó la de la joven pero ella intentó que aquello no ocurriera. No podía ni mirarle, como para hacer contacto físico con él.

─ ¿Por qué es una pena?─ preguntó ella un poco curiosa.

─ Creí que se lo había pasado bien─ Jaime intentaba encontrarse con los ojos de Angélica.

─ Oh, no me malinterprete, me lo he pasado bien. Muy bien de hecho.

─ Eso creía…

La mano de Jaime se colocó sobre la mejilla de Angélica y, suavemente, fue bajando hasta toparse con su barbilla. La forzó levemente para que ella girase su cabeza. Por fin sus ojos se encontraron. Angélica reprimió un leve quejido. No quería. Aquello no podía estar pasando. Él la manejaba a su voluntad. ¿Por qué no podía rebelarse ante aquel acto? Ella no era así de débil… Nunca lo había sido. Nunca se había comparado con las jóvenes estúpidas que se dejaban mangonear por los chicos chulos y lo colocaba en un pedestal. Entonces, ¿por qué no le paraba los pies? Algo dentro de ella le decía que debía probarlo que, por una vez en su vida, debía ser normal, como el resto del mundo.

Sus labios se rozaron. Podría ser… ¿había sentido algo? No, no, solo era su piel cálida sobre la suya, nada más. Se separó rápidamente, no podía permitir que aquello durase ni un segundo más. Sus mejillas se habían enrojecido y no quería mirarle de ninguna manera. Se negaba a seguir con aquella farsa.

─ ¿Qué ocurre?─ preguntó él, suavemente, colocando su mano sobre el hombro de la joven. Se le notaba algo preocupado.

─ N-nada. Yo… yo no puedo seguir con esto.

─ ¿He- he hecho algo mal?─ siguió preguntando, esta vez su mano estaba sobre su rodilla para que no pudiera levantarse.

─ No, usted es… encantador.

─ ¿Entonces?─ ahora una de sus manos pasaba por detrás de su cuerpo, lista para atraparla si deseaba escapar.

─ Solo quiero irme─ le exigió.

Trató de levantarse pero Jaime tiró de ella para que volviera a su asiento. La calló susurrando que todo estaba bien. Intentó acallarla con besos en el cuello, en las mejillas. Su mano acariciaba su pierna, paseando por ella libremente.

─ Detente por favor─ pero Jaime no hizo caso─. ¡Para!

Le empujó con toda la fuerza que pudo. Él acabó tumbado en el sofá, mirándola con una cara de confusión. Angélica se levantó y se re-colocó el vestido. No sabía por qué pero su cuerpo no quería moverse. Jaime pareció reaccionar.

 ─ ¿Pero qué mierdas te pasa?─ se levantó y extendió sus manos, haciéndose más grande y terrorífico ante los ojos de la joven─. Lo he hecho todo bien. Te he pagado la cena. Te he invitado a mi casa y has aceptado.

─ ¿Y esperabas algo a cambio?─ preguntó con un hilo de voz.

─ Pues… sí─ lo dijo como si fuese algo demasiado evidente.

Se acercó a ella y la  agarró de los brazos apretándolos mientras tiraba hacia él para mantenerla a unos centímetros. Angélica trató de librarse pero ni con todas las energías que tenía lo logró.

─ Solo quiero conocerte más a fondo…─ le susurró sobre su cuello. Un quejido salió de la garganta de Angélica, era lo suficientemente espabilada como para entender que aquella frase tenía doble sentido.

─ Así que todo era mentira─ necesitaba que él se distrajese durante unos segundos para pensar en cómo huir de allí.

─ No todo. Lo de que me gustan los libros era cierto─ le comentó mientras dejaba escapar una sonrisa─. Y lo de que te enamorases de mí.

Angélica frunció sus labios y le pegó un pisotón a Jaime. Este la soltó, quejándose del dolor. Aprovechó para coger el bolso y salir corriendo por la puerta, la cerró. No se detuvo a mirar atrás a pesar de que Jaime salió al pasillo y la llamaba, le pedía que volviera y, al ver que no le hacía caso, comenzó a llamarla de todo menos por su nombre. Ella prefirió no escucharlo.

Salió por fin a la calle y se dirigió a casa. Los minutos que tardaba en llegar le resultaron eternos. Cada hombre era sospechoso, cada grupo era una razón más para acelerar sus pasos.


Por fin, cerró la puerta de su casa y se dejó caer al suelo. Había sido tan estúpida. Había confiado cuando se había prometido que nunca se iba a fiar en una “primera cita” (o lo que hubiera sido eso). Como había pensado; algunos supuestos príncipes resultaban ser más asqueroso que besar a una rana.

Tras las estanterías ~ Parte 3

viernes, 14 de julio de 2017

Angélica recorrió su cuarto de arriba abajo, ¿qué debía hacer? Sólo había dos opciones: ir a la cita o no. La segunda era muy tentadora pero no era tan mala persona como para dejar a alguien plantado. Eligió un vestido sencillo, unas manoletinas, nada de maquillaje y su pelo suelto. Iba de lo más simple; ni arreglada ni desarreglada.

Llegó al sitio unos minutos antes que él y se escondió por si cambiaba de opinión en el último segundo. Le vio llegar, mirar el reloj conforme los minutos pasaban, le vio resoplar… Tomó aire y salió de su escondite, acercándose a él con una fingida sonrisa que intentaba ocultar sus nervios.

─Ah, creí que no vendría─ le dijo con un tono de alivio, casi pudo ver cómo todos los músculos de su cuerpo se relajaban al instante.

─Yo también lo creía─ le contestó moviendo el bolso de un lado a otro.

Jaime le guio por las calles hasta llegar a su destino. Por el camino, habían hablado de libros y ella se había relajado. El restaurante al que iban parecía sofisticado y para ricos. Se quedó pensativa, intentando recordar si traía dinero suficiente. Entraron. Jaime le ayudó a sentarse y después se sentó él, con incontrolable alegría.

─Me complace que esté aquí conmigo. Sé que no me conoce de nada pero le aseguro que no se arrepentirá de su elección.

─Eso espero. Bueno, yo no soy de las que hacen algo así... No sé qué hizo que aceptara su propuesta.

Ya, lo cierto es que pedirle salir era una de las cosas pendientes en mi lista. Deja que le explique agregó al ver la cara de desconcierto de la joven─. Resulta que soy una persona muy tímida, por tanto, me pongo objetivos para cumplir.

─Pues no lo parece para nada. Habla como un auténtico extrovertido─ le dijo ella sorprendida a lo que él rio.

─Ya, antes de usted había más cosas que me han hecho evolucionar.

─Vaya, es algo admirable sin duda─ le dijo mientras cogía la botella de agua que le acababan de traer y la vertía en el vaso─. Me gustaría hacer algo así, también soy algo tímida.

─Lo he notado, los tímidos nos detectamos en seguida─ le sonrió.

─Muy cierto. ¿Hay algo más en la lista?─ le preguntó apoyando los codos en la mesa. Se sentía a gusto con él.

─ Sí, pero no se puede decir o, si no, seré incapaz de cumplirlo.

─Ah, secretos, intriga…─ le comentó con cierto tono de sobreactuación─. Lo que más me gusta.

La cena transcurrió tranquila. Hablaron de sus gustos, aficiones, trabajos… Todo lo cotidiano cuando se trataba de conocer a alguien. La comida en el plato duró más de lo que había podido aguantar en otras circunstancias.

─No, no hizo eso…

─Lo hice y además con gusto─ comentó Jaime riendo. El camarero puso la cuenta sobre la mesa y él se adelantó a los movimientos de Angélica, cogiendo la cuenta sin dejar que le echara un solo vistazo─. Ya pago yo, no te preocupes.

Angélica se llevó la mano al pecho, como si hubiera dicho algo aterrador. Se incorporó para intentar arrebatarle la cuenta pero fue incapaz. Suplicó que no pagase él todo, que la compartiesen a medias. Parecía que era un preso que suplicaba por que le quitasen la condena a morir.

─ ¿Por qué? Solo intento ser un caballero.

Él sacó unos cuantos billetes y se lo dio al camarero que tenía más cerca. Ella se quedó paralizada, mirando cómo le acababan de invitar a algo por primera vez en su vida. Había comido de gratis y se sentía como si hubiera cometido un crimen.

─No…─ repitió como si así las cosas fueran a ser diferentes.

─ ¿Qué le pasa?─ le preguntó, notoriamente preocupado.

─Que ahora parece una cita. Y no lo es─ le reveló con una pena casi total. Él empezó a reír, como si hubiera hecho un chiste de lo más gracioso pero Angélica no entendía por qué aquella reacción si no era nada por lo que había que divertirse.

─Ahora me invita a algo si así se encuentra más cómoda.

Ella suspiró, aquello no la dejaba más tranquila; debería invitarle a muchas cosas si quería igualar la situación. Ambos se levantaron del asiento y salieron a la fría noche. Angélica se colocó el abrigo y Jaime se frotó las manos, intentando lograr que entrasen en calor.

─ ¿Dónde le apetece estar ahora?─ le preguntó mientras miraba a ambos lados de la calle, no había demasiada gente, todos estaban refugiados en algún lugar cálido─ ¿Una copa, un helado, un chocolate caliente?

─Mm… No bebo pero creo que podemos tomar un gofre.

Jaime aceptó y fueron a un puesto de dulces. Ella se adelantó y pagó lo que debía. Anduvieron por la
noche, hablando de todo y de nada y sin un rumbo fijo. Angélica nunca pensó que pudiera sentirse tan calmada y cómoda con alguien al que acababa de conocer.

─Vaya, empieza a hacer mucho frío. Mi casa está cerca, ¿por qué no… vamos allí?

Angélica se quedó paralizada, sin ninguna respuesta concreta pero con los labios separados como si fuese a hablar. Era la primera vez que le decían algo así. ¿Por qué? ¿Por qué a ella? Él debía estar loco si se había fijado en alguien como Angélica, ella tenía problemas y de seguro que él no lo entendería nunca.

─Yo… yo…─ comenzó a decir pero no se le ocurría ninguna excusa buena que la hiciera librarse de la situación.

─Venga, anda, el gofre se nos va a enfriar más de lo que ya está. Entrar en calor un rato no hará daño a nadie─ le argumentó, encogiéndose de hombros─. Además, mi piso es ese que está ahí en frente.

Angélica observó el punto que le señalaba y se sorprendió. ¿Cómo habían llegado a ese sitio de la ciudad? Aunque, si lo miraba mejor, se dio cuenta de que ambos vivían bastante cerca. Suspiró. Era una mala idea. Muy mala de hecho. Todo le recordaba a una de esas novelas que le aterraban; novelas donde el chico invitaba a la joven a su casa y pasaba algo… Ella no quería eso. Nunca lo había querido, ¿no? Sin embargo, hacía mucho frío fuera y necesitaba estar resguardada un tiempo si no quería resfriarse. Pero para eso iba a su propia casa. No sabía qué hacer.

─ Está bien. Pero poco tiempo─ acabó accediendo. ¿Es que se había vuelto totalmente loca?

Tras las estanterías ~ Parte 2

miércoles, 12 de julio de 2017

La joven se quedó perpleja ante aquel comentario. ¿De verdad le estaba ocurriendo aquello? Ese tipo de situaciones no pasaban en la vida real. Ni mucho menos a ella. Sabía que llevaba pegado un cartel en la frente que advertía a futuros viajeros que no se acercasen a ella. No encontraba palabras algunas para responder a semejante confesión.

─ Ah…─ fue lo más lógico que salió de sus labios.

─ ¿Ah? ─ él agachó la cabeza, como si estuviera decepcionado─ ¿Qué significa ah?

─Ah significa… eso: ah─ se encogió de hombros─. No tiene más sentido.

─Pero le he hecho una confesión, creí que… habría otra reacción diferente.

─ Ah─ repitió pero esta vez fue porque había entendido a qué se refería con todo eso─. Era una broma. Muy gracioso. Ya sabía yo que esto no podía ocurrir en la vida real.

El joven se quedó en silencio, mirándola como si estuviera diciendo una auténtica estupidez. Reafirmándole sin palabras que estaba totalmente equivocada y que hablaba en serio.

─ Bueno… no sé qué decir─ dijo sentándose correctamente─. Es la primera vez que alguien me dice eso. Y es la primera vez que me lo dice un desconocido.

─ ¿Desconocido? Pero si nos vemos todos los días. Usted se sienta aquí y yo coloco los libros. Y, a veces, le atiendo en el mostrador para que se pueda llevar los libros prestados. ¿De verdad nunca ha reparado en mí?

─ No… lo siento. No me fijo en esas cosas. Además, ¿quién dice reparado hoy en día? Nadie habla de esa forma.

─ Bueno, digamos que soy un señor Darcy en una época equivocada.

Angélica frunció el ceño. Su idea de señor Darcy no tenía nada que ver con el joven que tenía delante. Darcy era un hombre hecho y derecho, con sus tantas virtudes que mantenía oculta porque el mundo le había hecho demasiado daño. Él no parecía ser así.

─ Entiendo. No sé qué puedo hacer por usted que logre complacerle─ comentó Angélica volviéndose a encoger de hombros.

─ ¿Me concedería una cita?─ le preguntó el joven mientras se ponía recto y le mostraba una sonrisa tímida.

─ ¿Una cita? ¿Cómo… de pareja?─ él asintió y ella hizo una mueca─. Puedo concederle una cita de amigo pero nada más. Además, ni siquiera sé su nombre.

─ Me conformo con la cita de amigo. Y Jaime, mi nombre es Jaime─ asintió con la cabeza y balanceó su cuerpo de un lado a otro─. ¿Mañana a las ocho de la tarde delante de la biblioteca?

─ Está bien. Nos vemos.

Jaime sonrió y se alejó con su carrito. No podía creer que hubiera aceptado una cita con alguien. Ella no era de esas. Ella no se interesaba por semejantes tonterías. Jamás en su vida había tenido una sola cita, con nadie. Siempre había rechazado a los chicos que se le habían declarado, que habían sido uno o dos como mucho. No entendía la obsesión tan tonta con el amor. No entendía por qué todos parecían estar tan metidos en esos asuntos.


Angélica continuó su libro pero llegó a un punto que casi le daban nauseas con lo que leía. Era demasiado para ella. Por favor, ¿cómo la gente se dedicaba a leer cosas de ese estilo? No le encontraba nada interesante a esas palabras puestas casi al azar para que sonaran medio bonitas.

Tras las estanterías ~ Parte 1

martes, 11 de julio de 2017

Angélica se escondió tras la estantería. Realmente no entendía a qué se debía aquel atrevimiento. Ella no era así pero la gente hablaba siempre de ello y era hora de saber por qué tanto interés en el asunto. Miró a su izquierda y a su derecha; todo estaba despejado. No había nadie que la molestase.

La biblioteca estaba en silencio, aun así podía escuchar cómo las personas pasaban la página de sus libros. Ella se sentó en aquel sillón que había en cada fila de estanterías y se atrevió a abrir el libro. Pasó la primera página y se sumergió en la lectura. Le costó un poco introducirse en la historia. A ella le gustaba la fantasía, la ciencia ficción y los libros históricos. Esos sí que la enganchaban con la primera palabra. Sin embargo, aquel que había elegido era un poco más subido de tono. Se podía resumir en apenas una frase: rico mujeriego que se enamora de una mojigata.

No entendía por qué todo el mundo se emocionaba con solo escuchar el título, por qué se quedaban sin aliento cuando hablaban del rico y por eso quería averiguarlo. Aunque, a decir verdad, no era de su género favorito. Un ruido la extrajo de su ensoñación y se vio obligada a cerrar el libro y ocultarlo con sus manos. En ese mismo instante, el bibliotecario aparecía en su fila de estanterías, entrometiéndose en su intimidad. El joven le sonrió y ella le devolvió el gesto mientras se tiraba de la manga de su jersey naranja.

─ No se moleste por mi presencia─ le susurró el desconocido─. Seré un fantasma para usted.

Angélica no supo qué decir. Su garganta se quedó seca, sus manos comenzaron a sudar y el tic en el labio aparecía en el peor de los momentos. Bajó su cabeza para que el joven no viera lo estúpida que estaba siendo.

─ ¿Es de pocas palabras, no?─ susurró él. Parecía que había entendido sus movimientos a la perfección y deseaba seguir intentando hacer contacto con su cerebro─. Lamento decirle que estaré por aquí un rato antes de poder dejarle leer.

─ Esperaré─ logró pronunciar después de que esa simple palabra recorriera su mente cientos de veces.

─ Así que habla─ el joven estaba colocando libros en el lugar que le correspondía. Traía un carrito con unos cuántos libros más─. ¿Qué estaba leyendo?

─ Nada. Solo estaba hojeando.

─ No quiere decírmelo, está bien, lo entiendo─ dijo él colocando un libro más en la estantería─. Pero por sus mejillas sonrojadas, su manera de sentarse, su respiración irregular y el rastro de una sonrisa, diría que está leyendo 50 sombras de Grey, ¿me equivoco?

La joven dejó ver al máximo sus ojos marrones oscuros. Se recostó en el sillón y tapó el libro aún más. Era imposible que hubiera mirado el título, lo había tenido bastante oculto. Además estaba segura de que no había dejado escapar ni una sola sonrisa al abrir el libro. Aun así, preguntó.

─ ¿De verdad lo ha descubierto fijándose en todo eso?

─ No─ le mostró una encantadora sonrisa─, es porque aquí está el hueco del libro que ha cogido.

Ella le sonrió con timidez. Había sido tonta al pensar por un segundo que había adivinado el título por pura casualidad. El joven siguió su tarea, colocando libros con suma lentitud. El silencio se instauró en aquel pequeño rincón. Ella no deseaba hablar, se había quedado cautivada con los gestos del joven, todos eran tan sumamente calculados.

─ ¿Sabe?─ susurró él cuando hubo colocado el quinto libro. Ella fingió que había estado haciendo otra cosa en vez de mirarle─. Mucha gente se burlaría de usted por estar leyendo ese libro, pero yo no.

Angélica frunció el ceño. No encajaba ese comentario tras el silencio tan largo que se había instaurado.  La conversación de antes había acabado, no tenía por qué retomarla.

─ No sé por qué se tienen que burlar. Además, no leo esto por placer.

─ ¿No? ¿Es para un estudio o algo? Si no, no lo entiendo─ colocó el último libro que llevaba.

─ Creo que no le interesa mi vida…

Angélica iba a volver a abrir el libro. Creía que ya había terminado su tarea y se marcharía de allí pero él se quedó en silencio, de pie y mirándola como si estuviera esperando algo más. La joven dejó sus ojos en blanco y dejó el libro sobre sus rodillas de nuevo. Le miró y notó cómo sus mejillas se enrojecían. No por el hecho de que estaban compartiendo contacto visual, sino porque detestaba que la mirasen mientras trataba de leer.

─ ¿Quiere algo más?

─Bueno… estaba… estaba esperando que usted, ya sabe… se enamorase de mí. 

Tuya

miércoles, 5 de julio de 2017

Tuya, solo tuya, tuyísima. Tan tuya que cuesta reconocerlo. Ese tú de mi yo que tanto me ha cautivado. Ese nosotros donde puede caber la palabra otros pero que nos negamos a aceptar.

Mío, solo mío, miísimo. Sigo sin reconocerlo y aun así me sonríes, esperando que diga algo, que haga algo. Las palabras se quedan cortas para lo que quiero expresar. Tu voz resuena todavía en mi mente, recordando lo que acabas de escribir, de leer. Esperas impaciente a una reacción que nunca va a llegar.

Tuya, solo tuya, tuyísima. Qué raro suena saliendo de mi propia boca. Qué irreal, qué idealizado lo has puesto todo. De verdad lo ves así. Crees que soy el centro de tu mundo, me coronas como a la reina de un universo que estoy empezando a no entender.

Tuya, solo tuya, tuyísima. Porque siempre ha sido así, ¿verdad? Tú. Yo. Nosotros. Porque te grito, me enervo, salgo y cierro de un portazo. Porque me llamas y, con un hilo de voz, aseguras que me quieres de vuelta, que simplemente me quieres.

Y ahí está otra vez. Tuya, solo tuya, tuyísima. Logras hacer que la corona que me has colocado tan perfectamente se caiga. Porque no soy yo, eres tú. Porque tu mundo no gira en torno a mí, sino a ti. Porque no te importa que miren y que me deseen, porque sabes que ya no hay un yo sin un tú.

Mía, solo mía, miísima. Hacía tiempo que no lo pronunciaba en voz alta. Porque yo debería tener el derecho de decirlo, solo yo. Porque no son palabras de posesión, aseguras. Porque simplemente te he creído elegir y eso me hace ser tuya, formar parte de tu día a día sin más. Porque sueltas las cuerdas y me dejas volar pero, cuando lo necesitas, tiras de mi para que vuelva a ti. Porque ahora me he convertido en tres simples letras que repites una y otra vez, sin descanso. Mía. Mía. Miísima.


Tuya, sí, y de nadie más. Tuya, sí, pero ¿a qué precio?


El regreso

miércoles, 28 de junio de 2017

Cuando la puerta se abrió, todas las cabezas se giraron para mirarla. Estaba espectacular, como nunca antes la habían visto: un hermoso mono negro se ceñía a su cuerpo, su pelo era de un intenso rojo, su boca estaba perfilada con un buen pintalabios del mismo color y sus ojos… bueno, estaban cubiertos por sus enormes gafas de sol. Era cierto que había cambiado pero ya habían pasado bastantes meses- creían que casi llegaba al año.

No sabían cómo sentirse: asustados o emocionados. La primera de las opciones era la que ganaba por el momento. Nunca sabían cómo reaccionaría la mujer que acababa de entrar. Nunca sabían cuáles eran sus intenciones o por qué actuaba como lo hacía.

Lo único que sabían era que había vuelto y estaba desestructurando los esquemas que tan meticulosamente habían ordenado en su ausencia. Todos vieron cómo el jefe le daba dos besos y le sonreía. Menuda falsedad, todos sabían que se llevaban a muerte. No era por nada personal, oh no, solo que ella quería su puesto, eso era todo.

Ella siguió su recorrido, levantándose las gafas de sol y colocándosela en la cabeza como si de una felpa se tratase. No se dejó a nadie por analizar con esos potentes ojos marrones que a más de uno le hacían querer ir corriendo a ocultarse.

Cada uno de sus pasos hacía que el suelo temblase. Más de uno se tiró el café encima al verla llegar. Otros tantos se dedicaron a fingir que estaban demasiado ocupados como para notar su presencia. Y el resto, bueno, el resto simplemente miraba.

La mujer llegó a su puerta donde seguía su nombre. Habían pensado en quitarlo más de una vez pero nadie, por nada del mundo, se hubiera atrevido a arañarlo si quiera. Ella se giró y le dedicó una sonrisa a todos los presentes. Esa mueca indicaba que no saldría nada bueno de su boca.

─ Sí, he vuelto. ¿Es que no tenéis otra cosa que hacer?─ abrió la puerta de su despacho y, antes de introducirse a él, les dedicó unas últimas palabras─. ¡A trabajar, panda de vagos!

El portazo resonó hasta en la calle. Todos se pusieron manos a la obra casi de inmediato como si el diablo les hubiera amenazado con arrastrarlos hasta los mismísimos infiernos.

Era extraño. Acababan de darse cuenta de que, sin ella, habían estado viviendo en una rutina casi surrealista. Una rutina que todos empezaban a odiar pero que nadie había querido admitir. Con ella allí de nuevo, el trabajo había vuelto a tener ese toque de adrenalina que tanto habían necesitados.


Ella se apoyó tras la puerta, soltando todo el aire que pudo. Había sido una actuación difícil, sus piernas seguían temblando. Dejó escapar una sonrisa mientras sacudía la cabeza. Por fin había vuelto y se sentía... tan bien.